El factor Dios – José Saramago

Saramago hace mención acá del famoso enunciado de Nietzsche, aquel que dice que si Dios no existe todo está permitido; sin embargo –y esto en lo que nos llamó más la atención-, el autor de Caín sostiene la tesis contraria ya que -según él- ha sido más bien por causa y en nombre de Dios que se ha permitido y justificado todo, y añade, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel.

La historia parece confirmar el argumento de Saramago; no obstante, nosotros nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Este problema es inherente a la creencia en dioses? ¿O más bien debemos buscar sus raíces más allá de lo religioso? Por lo menos nosotros no consideramos que toda creencia en dioses, en lo incondicionado, o en cualquier otra cosa que vaya más allá de los límites de la razón (en sentido kantiano) conduzca inevitablemente al odio y a la destrucción. Estrictamente hablando todos los seres humanos tenemos fe en algo, esto si concebimos la fe como aquello que nos hace orientarnos en la vida (sentido), como una serie de verdades que guían nuestra conducta. Si vemos la fe de tal forma encontramos que hasta la misma ciencia –muchas veces pensada como opuesta a la fe- tiene principios de fe, tal y como lo señala Durkheim en las formas elementales de la vida religiosa:

Hay una fe en la ciencia, y esa fe no difiere esencialmente de la fe religiosa. El valor que atribuimos a la ciencia depende de la idea que nos hacemos colectivamente de su naturaleza y de su papel en la vida, es decir, que expresa un estado de opinión. Y en la vida social todo, incluso la ciencia misma, se basa en la opinión.

Empero, la diferencia -siguiendo a Saramago- parece radicar en lo siguiente: el problema de ‘la religión’ como fuente de sentido -a lo largo de la historia- ha sido su tendencia al dogmatismo, de ahí que haya provocado tantos horrores. En otras palabras, creer en dios no es un problema en sí, se convierte en tal cuando la creencia (vivencia, etc.) se hace pasar  por verdad única (absoluta)[1].

Ahora bien, nosotros nos preguntamos: ¿Existen espiritualidades y formas no-dogmáticas de vivir la fe en Dios (lo sagrado, lo absoluto, lo incondicionado, etc)? o bien, ¿Se pueden generar nuevas formas no-dogmáticas de expresión religiosa? Pues bien, nosotros -desde el proyecto ARP-  creemos que no sólo es posible, sino que en la sociedad actual es inevitable[2] y, por supuesto, también deseable. En esa línea, propugnamos por una visión pluralista de lo sagrado, no intolerante con las nociones y experiencias espirituales distintas, y tampoco -claro está- con las visiones de mundo “no espirituales”. Creemos –siguiendo lo planteado por Gallardo- que en tanto somos los seres humanos quienes hacemos la historia (la cultura, las instituciones, etc.) es posible que construyamos formas no intolerantes, dominadoras y alienantes de vivir la fe religiosa.

¿Ustedes qué opinan? Realmente nos gustaría conocer su sentir/pensar al respecto. Por ahora les dejamos degustar el texto de Saramago, y a lo mejor después podamos intercambiar criterios y ahondar en algunos aspectos. Muchas gracias.


[1] Acá habría que preguntarse por condiciones históricas y sociales que propician que la creencia en dios(es) devenga dogmática. Además, también resulta necesario preguntarse qué es lo propiamente (esencialmente) religioso, o bien, si existe tal cosa. Por ejemplo, Helio Gallardo en su texto Idolatría y Exclusión hace la siguiente distinción:

La fe religiosa es un dato subjetivo (de conciencia o espíritu y que compromete a la persona, es decir sus iniciativas en cuanto sujeto). Este dato subjetivo no puede expresarse sino en tramas de relaciones sociohistóricas y culturales. Esto quiere decir que la experiencia personal de fe en un Dios Creador, por ejemplo, no puede vivirse sino en instituciones  y lógicas sociales particulares que la mediatizan y, cuidado, pueden reforzar o debilitar la intuición contenida en la experiencia de fe subjetiva. Que la vivencia subjetiva de fe tenga que fundarse y expresarse en tramas culturales particulares, es decir en tramas de sentido predeterminadas, constituye un dato insalvable de la experiencia humana. Esta no se da en el vacío, abstractamente, sino en tiempos y lugares específicos en los que se condensan estructuras, instituciones, lógicas y situaciones sociales que expresan aspectos del modo humano de existencia, algunos de los cuales hasta hoy parecen también insalvables: relaciones de dominio (imperio) y servidumbre y, asimismo, una inercia o resistencia al cambio y a la gestación y aparición de lo radicalmente nuevo.

[2] Véase. Robles, Amando (2001). Repensar la religión. De la creencia al conocimiento. EUNA, Heredia, Costa Rica.


EL FACTOR DIOS

José Saramago

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá ‘ver’ cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.

Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez ‘aquí estoy’ cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra…) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

Para quienes disfrutan más de lo audiovisual, acá les va lo mismo pero en video:


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5 respuestas a El factor Dios – José Saramago

  1. Edward dijo:

    Realmente creo que el problema no es creer en Dios, y tampoco creer en una verdad absoluta… Pues la fe, en mi caso el cristianismo, radica en creer que Dios es único y absoluto. El problema es la interpretación humana de esta verdad absoluta; la cual es confundida y malinterpretada, utilizándose para alcanzar intereses que rayan en el extremo individualista, lo cual se contrapone totalmente ha esta fe; la cual promueve como base, el amor a las demás personas (es el resumen de los 10 mandamientos). Simplemente es resultado de como los seres humanos interpretamos a Dios, y nuestra enfermiza tendencia a creernos superiores a las personas que nos rodean y del error en que se cae al limitarse a una interpretación literal, ya que el sentido literal no ha de ser despreciado, pero quien se queda en él es como el niño que se contenta con beber leche, y nunca llega a ser adulto (Clemente de Alejandría). . Aunque ciertamente no comparto la imposición de las creencias en las demás personas, si creo en que existe una verdad absoluta… Podríamos decir: No hay una verdad absoluta… Y eso sería absolutamente cierto??

  2. Edward dijo:

    Creo que lo más conveniente es entender un poco más al autor y consumador de la fe… Pueden leer un poco más sobre él en http://libertadyreligion-edward.blogspot.com/2010/11/conocemos-realmente-dios.html

  3. Muy interesante su aporte estimado Edward. Realmente has dado una muestra de lo que es -como tendencia creciente- la fe religiosa en nuestros días, por ejemplo cuando ud dice que “el problema es la interpretación humana de esta verdad absoluta; la cual es confundida y malinterpretada, utilizándose para alcanzar intereses que rayan en el extremo individualista, lo cual se contrapone totalmente ha esta fe”. Esto mi amigo, es muy propio de una fe religiosa de corte moderno, ¿Por qué? Sencillamente porque antes no había mucho margen de interpretación (subjetiva), sino que había que obedecer y creer lo que el sacerdote, o el pastor, decía. ¿Pudo leer el texto del señor Amando Robles? Si no, se lo recomiendo ya que va en esa línea.

    Por otro lado, para usted que cree en Dios esa fe es absoluta y verdadera, no hay duda de ello; sin embargo, la pregunta es -sin afán de abusar de su tiempo- ¿Cómo conciliar esa verdad absoluta con otras verdades absolutas? Es decir, ¿Cómo es posible que las personas (cada una en con su verdad, venga de donde venga) convivan en un mundo diverso?

    Muchas gracias de nuevo por el aporte.

    p.d: decir que no hay verdad absoluta no es caer en un relativismo, sino hacerse cargo de que existe una gran diversidad de verdades.

  4. Luis Paulino Vargas Solís dijo:

    Las grandes religiones están efectivamente asociadas a grandes crímenes, a verdaderos genocidios (y etnocidios). Es paradójico, puesto que el sentido común atribuye a la religión una función de moralización, cuando, además, es frecuente que se diga que la que se predica es una moral asentada en el amor. Pero quizá el problema radica en que la religión -cualquier religión o al menos las grandes religiones que conocemos- se autoproclaman portadoras de la verdad. Quien asume una religión, asume también la verdad de que esa religión se dice dueña. Y ser la dueña de la verdad autoriza a ubicar a todos/todas los/las demás en el espacio del error, cuando no abiertamente en el espacio de la abominación, la blasfemia y la herejía. De ahí a condenar a todos y todas esas demás en desobediencia con la divinidad, y por lo tanto con la verdad, hay solo un paso. Luego viene la intolerancia y el juicio y, finalmente, la hoguera, la violencia y el asesinato. Quizá se requiera que las religiones sean capaces de renunciar a la verdad a favor de la tolerancia (ojalá el respeto, pero no se si eso sea mucho pedir). Convendría ponerse en los zapatos del otro o la otra; hacerse él o ella; vivir y sentir como él y ella. Al menos el intento y al menos por un rato. Quizá entonces las religiones logren domeñar la bestia de la violencia que llevan tan en lo profundo de su naturaleza.

  5. quien me puede explicar este texto no lo entiendo 😦

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