Repensar la religión. La religión ante la cultura actual – Dr. Amando Robles Robles (1era parte)

A raíz de nuestra última publicación (‘El factor Dios’ de José Saramago) surgieron algunas interrogantes muy interesantes, sobre todo en relación a la posibilidad –o no- que tenemos los seres humanos -en este momento histórico particular- de crear formas no-dogmáticas de de vivir la fe religiosa, respetuosas de la diversidad de creencias. Pues bien, nosotros desde el proyecto ARP respondíamos –en primera instancia- que no sólo era posible, sino que en la sociedad actual era inevitable. Es posible –siguiendo a Gallardo- porque somos los seres humanos quienes creamos las tramas de relaciones sociohistóricas y culturales en los que se vive la fe religiosa. ¿Pero por qué decimos que es inevitable? Bueno, lo es porque la cultura actual así lo demanda. Las personas parecen ya no estar muy dispuestas a obedecer (vivir, actuar, creer, seguir) los dogmas de las instituciones religiosas, las jerarquías parecen perder paulatinamente su autoridad e influencia en la vida de las personas. Y entonces surgen más preguntas:

¿A qué se debe esto? ¿Qué es lo particular del momento histórico actual? ¿Es el mismo proceso moderno de secularización o hay algo nuevo y particular?

Hemos decidido –en orden de seguir problematizando el asunto- compartir con ustedes un muy sugerente texto del Dr. Amando Robles Robles[1] en el que arroja una serie de hipótesis para entender los cambios que se están dando en el ámbito religioso en el marco de la cultura contemporánea.

Valga decir que la teoría del Dr. Robles ha animado en gran parte los análisis del proyecto ARP, por lo que el interés de compartir el texto adquiere una doble importancia.

Por lo extenso del escrito hemos decido compartirlo fraccionado en tres tractos, esto para que quienes tengan el gusto de leerlo no vayan a caer rendidos por el cansancio. Sin más –para su dicha y la nuestra-, les dejamos con el texto.


[1] Sociólogo de la religión.


Repensar la religión.
La religión ante la cultura actual[1]

J. Amando ROBLES ROBLES


“Repensar la religión”, así es como titulo un libro que acaba de salir a luz[1], y lo hice, como lo hago aquí, con todo rigor, porque repensar la religión es la gran necesidad de ésta ante la nueva cultura. Ya veremos en qué dirección y cómo debe ser repensada. Por ahora, como es procedente en atención al lector, indiquemos el camino que le invitamos a recorrer: la crisis de la religión como crisis y duelo; un avance propuesta de la religión que deberá surgir de la crisis si quiere ser culturalmente creíble; el hecho de la crisis de la religión, algunas de las cosas que hacen crisis; análisis e interpretaciones académicamente dominantes de la crisis vistos en algunos de sus representantes más conspicuos en lengua castellana (Xabier Pikaza, Juan Martín Velasco y Andrés Torres Queiruga); el análisis e interpretación de Mariano Corbí, que hago míos, como de una crisis de mayor profundidad, en algún aspecto fundamental inédita de la historia ; y un desarrollo básico sobre la religión que desaparece, sobre lo que la religión en sí misma es y será, y, como punto final, sobre la conversión radical a la que frente a la cultura actual están llamada las religiones: pasar de la creencia al conocimiento silencioso.

1. La religión en crisis. Crisis y duelo

No pareciera que el tema que vamos a desarrollar en este trabajo prometa ser muy feliz si comenzamos hablando de duelo. Aunque nosotros creemos que sí. Pedimos al lector tener un poco de paciencia.

Ciertamente duelo remite a dolor, a algo pues negativo. Pero, bien mirado, sólo del duelo elaborado en profundidad puede surgir algo nuevo, con todo lo que lo nuevo tiene de conmovedor. En efecto, hacemos duelo cuando hemos perdido algo o a alguien. Pero cualquier terapeuta medianamente formado sabe que lo que lloramos y nos duele no es tanto la “pérdida” de algo o alguien exterior diferente de nosotros, cuanto la “ruptura” de valores en nuestro propio interior originada con ocasión de tal pérdida. No lloramos tanto la partida de alguien como la ruptura de nuestro proyecto, la “partida” de algo que fuimos y nunca más volveremos a ser. Sufrimos porque estamos en una situación poco agradable, entre algo que se fue y algo que no acaba de emerger ante nosotros; porque ya no podemos ser ni vivir como antes, pero tampoco de golpe podemos vivir y ser otra cosa nueva, aunque éste es el reto. Algo así es lo que está sucediendo con la religión. Al menos así lo perciben las propias instituciones religiosas, por ejemplo las iglesias, sobre todo sus responsables y sus hombres y mujeres pensantes, que generalizan este sentimiento hablando de «malestar de la cultura». Aunque, a decir verdad, es algo más que las iglesias, es la religión como un todo la que está en crisis.

Crisis aquí significa pérdida grave de credibilidad por lo que refiere al mensaje. Contra lo que muchos piensan, la crisis actual es de contenidos, no de personas; es de concepción, no de fidelidad. Contenidos enteros que tiempos atrás fueron evidentes y aceptados como tales, hoy son rechazados. Por lo que refiere a ciertos aspectos se tiene la impresión de estar asistiendo a un verdadero desplome. Y esto produce mucho dolor. De ahí la sensación real de duelo. Las iglesias lo vienen haciendo desde hace tiempo. Aquí, como cuando alguien ha visto roto su proyecto, el dolor es porque ya no se puede vivir como antes, con la mismas expectativas y metas, con los mismos valores y experiencias, con las mismas seguridades. Todo esto saltó. Ya no se puede vivir sobre ellos. Se podría decir que se puede vivir sin la compañía de quien partió, lo que no se puede es vivir sobre las seguridades sobre las que se vivía, porque hicieron agua. Las iglesias sufren, porque ya no pueden transmitir su mensaje tan confiadamente como lo hacían antes. Y cuanto más intentan transmitirlo, creyendo que es un problema de falta de insistencia y de coraje, más el mensaje transmitido rebota, y más sufren.

Ante una situación así hay que elaborar el duelo. No hay otra alternativa. Ahora bien, hay maneras diversas de hacerlo. Una manera es ignorándolo. Se toma como un accidente y se intenta vivir como si nada ha pasado, como si todo sigue siendo válido. Falta definitivamente algo o alguien, pero se actúa o se intenta actuar como si el proyecto de uno permaneció intocado. Hubo un accidente pero en el fondo nada ha cambiado. Todo sigue igual, con el mismo futuro por delante. En el fondo, aquí no hay elaboración de duelo. Lo que hay es un intento por reforzar las seguridades que entraron en crisis.

Otra manera de enfrentar la ruptura es intentando dar cabida a la nueva experiencia pero siempre dentro de la anterior estructura. Se llora por un tiempo, se siente la ausencia, cómo no, se percibe más que antes la propia fragilidad y la del propio proyecto, se someten a terapia las partes más débiles, se descubre y acoge la sensibilidad de otras, se echa mano de ciertos sucedáneos, llámense éstos más religiosización de la vida, una mayor espiritualidad, cierta sensibilización ecológica y social pero, como decíamos, la estructura fundamental sigue siendo la misma. Aquí hay más elaboración de duelo, sin duda; se han reciclado los valores y actitudes que más hacían sufrir, pero no se dejó emerger el ser nuevo que podía haber brotado.

Y hay una tercera manera de elaborar el duelo, de enfrentar la ruptura de seguridades y valores producida, y es la de tocar fondo, como dicen, y dejar que emerja un ser nuevo, el ser que llevamos dentro, el ser que verdaderamente éramos y somos nosotros. Un ser cuyos valores fundamentales están en las antípodas, son los opuestos, de los que antes creíamos que nos daban seguridad. Son los valores de la gratuidad y de la libertad, del dejarse maravillar y del vivir plenamente cada momento como gracia, de amar maduramente y dejarse amar, de vivir con imaginación y creatividad, de ser feliz y hacer feliz a todos. Es la oportunidad de vivir algo realmente nuevo.

Ante la crisis de la religión, no es ya que cabe que se den, sino que se dan las mismas posibilidades de actitud. El temor a nacer de nuevo, del que le habla Jesús a Nicodemo en el Evangelio (Jn 3, 3-7), es muy grande, y muy comprensible. Nadie cambia el paradigma que sustenta su vida por otro hasta que no esté convencido y hasta necesitado de la eficacia de éste. En el caso del duelo el dolor por la pérdida o ruptura hace temer ante lo nuevo, que todavía no existe, que no ha mostrado la bondad y la seguridad que mostró el pasado, aunque se haya roto. De ahí la tendencia al parche y al remiendo contra la misma advertencia de Jesús de Nazaret (Mc 2, 21-22): no echar remiendos nuevos en vestidos viejos ni el vino nuevo en odres viejos. Y es que si se procede así, se sigue ofreciendo lo que se rompió, y se volverá a romper; lo que fracasó; lo que no pudo responder a la embestida de la crisis. Las iglesias tienden una y otra vez a esta actitud. Es explicable. Pero aquí presentamos la necesidad de adoptar otra: la del vino nuevo en odres nuevos, la de una forma de religión que supere la ruptura que está experimentando la forma anterior: una religión, como veremos, sin religión[2]. Ello por cuanto la religión tal como la hemos conocido ha entrado en crisis. Pero, también, porque ya no puede reproducirse creíblemente como antes. Sobre estos puntos volveremos más adelante.

No quisiéramos terminar el tema de este primer acápite sin enfatizar la convicción que comenzamos expresando: el duelo remite a dolor, porque remite a ruptura, pero sólo del duelo más grande elaborado en toda su profundidad es de donde puede brotar, como de hecho brota, una realidad nueva, en este caso, la religión, inmune a todas las crisis y como plena realización de todo nuestro ser: el vino nuevo de la religión en odres nuevos. Además brota de nuestro propio ser. La religión nueva es una capacidad que llevamos en nosotros, cuya posibilidad permanecía ignorada para nosotros y que en la crisis bien elaborada, como en el proceso de duelo, puede emerger. Por ello, si adoptáramos el lenguaje de algunos autores cristianos que ven en este momento de la historia la ocasión providencial para que el cristianismo redescubra su dimensión espiritual experiencial, nosotros calificaríamos este momento como doblemente providencial: porque es el momento no sólo para que las religiones redescubran su dimensión espiritual y la valoren, lo que vendría a resultar en la segunda manera de elaborar el duelo, sino para que redescubran lo que en sus testigos y maestros son: conocimiento, no creencia; algo profundamente diferente.

2. La religión que debe surgir

Aunque queda mucho por decir a propósito de la crisis, por gentileza para con el lector adelantemos aquí lo que estamos entendiendo por religión.

Cosmos, historia y nosotros somos autónomos.

De manera dominante la religión ha sido explicación de lo que en su momento era desconocido o, dicho con más rigor, de todo lo que aparecía como trascendente: origen y sentido de las cosas y del universo, sentido de la historia y del ser humano, fuente del comportamiento moral, explicación de la vida y de la muerte, postulación de una vida eterna, respuesta a los interrogantes sobre la vida en el más allá. Por ello se ha configurado como cosmología, antropología, visión de la historia y moral. Pero estas diferentes configuraciones son precisamente las que han entrado en crisis. Porque para el hombre y mujer modernos las mismas resultan increíbles. Equipados de otras explicaciones, el hombre y la mujer modernos reconocen el origen autónomo de las cosas y del universo, así como de la historia, y del propio ser humano.

Si el mundo ha tenido un origen, éste se puede y se debe explicar científicamente, no recurriendo a un creador, ubicado por lo tanto en un nivel de otro orden, sobrenatural y, por lo tanto, científicamente indetectable. La historia no tiene ni sigue una orientación teleológica, es decir, no parte de un principio para encaminarse, aunque sea en forma dramática, con fallos y contradicciones, hacia un fin. Si esta ordenación existe es también incomprobable, ningún ser humano ha estado o está más allá de la historia, observándola, para poder decirnos hacia dónde se encamina, cuál es su telos, su fin. Habría que recurrir a una revelación religiosa, a un conocimiento de naturaleza dogmática, no aceptable para el hombre y mujer modernos. Y ello no porque al ser humano actual no le merezca gran estima la religión en su especificidad, sino porque si la explicación que se postula aspira a tener impacto y vigencia en dimensiones que son competencia de la ciencia, tiene que ser científica, no de fe. Lo contrario es caer en lo que algunos autores califican de «error categorial» o de no respeto de la correspondencia estructural entre un nivel determinado de la realidad y un determinado nivel de conocimiento.

En fin la moral, realidad y función que parecía llamada a permanecer religiosa para siempre, a ser compatible con la revelación y con un conocimiento dogmático, ha dejado de serlo para convertirse en competencia filosófica, argumental, procedimental y, por lo tanto, científica. Ante una pluralidad de visiones y de enfoques, por consiguiente, de morales, como es el caso progresivo en la modernidad, ninguna moral puede reivindicar ser a priori la correcta, menos aún apoyándose en la autoridad de una revelación. Hoy la moral que necesitamos para vivir como sociedades pluralistas que somos, tiene que ser construida a partir de la misma realidad, tan plural y diversa en sí y en sus interpretaciones, y de sus retos, de opciones coherentes con la realidad, y todo ello en un proceso de prueba y error, como cualquier otro conocimiento de naturaleza interpretada y aplicada.

El propio ser humano, nosotros, somos y nos sentimos autónomos. Todavía durante la modernidad de la primera revolución industrial, aunque éramos nosotros quienes construíamos la realidad, al concebir y sentir la ciencia que utilizábamos para ello como un “descubrir” y como “descubrimiento” de leyes y realidades que nos preexistían, todavía nos sentíamos dependientes de ellas[3]. Hoy ya no es así. Porque hoy hacemos continuamente la experiencia de que el mismo conocimiento nosotros lo construimos, no es algo que nos sea dado, y menos aún lo que construimos con él. Con el conocimiento construimos todo: nuestra explicación del universo, el sentido que le damos a la historia, la moral como valores y criterios de comportamiento, la religión, y aún las experiencias espirituales más excelsas. Todo. Somos, pues, autónomos.

Las “creencias” como punto central de la crisis.

La manera tradicional de ser y de funcionar la religión fue convincente durante siglos e incluso milenios, pero ya no lo es más. Al caerse paneles enteros de cosmología, antropología, concepción de la historia y de la moral, propias de otro tipo de cultura y de otro tipo de sociedad, sobre los cuales la religión en sus contenidos y funciones se montaba y articulaba, e incluso con muchos de los cuales se identificaba, paneles enteros de la religión también se van con ellos. Este es el fenómeno al que estamos asistiendo actualmente. No es, pues, una crisis de falta de voluntad y de coraje por parte de los fieles de las diferentes religiones. Es una crisis -no será la última vez que lo enfaticemos- de naturaleza de los contenidos, de su estructura, de su realidad, que no son aceptables para el ser moderno actual. La crisis, en el fondo, es una crisis de la religión tal como ha sido concebida, de la religión como revelación y, por lo tanto, de la religión aceptada sumisamente; en pocas palabras, es una crisis de la religión como creencias.

Por creencia normalmente se entiende la aceptación de enunciados no bien fundamentados racionalmente, por consiguiente, la aceptación ingenua, no crítica y bien fundamentada de los mismos. De ahí la connotación peyorativa que, hablando valorativamente, el término creencia tiene. Pero aquí, hablando de religión de creencias, la vamos a entender de otra manera. Religión de creencias, y “creencias” por lo tanto, la vamos a entender como el conjunto de verdades religiosas que, aún en su orden exhaustivamente fundadas y argumentadas, nunca llegan a ser experiencia en sentido pleno, conocimiento realizado con todo el ser y desde todo el ser, desde y con el sentir, el entender, el amar y el actuar, quedando entonces en verdades intelectualmente admitidas e impuestas al sentir por la vía de la voluntad. Así entendemos aquí nosotros las creencias y la religión de creencias, para indicar inmediatamente que de esta manera es como dominantemente se han configurado las religiones. Y ésta es la religión que ha entrado en crisis.

En este quiebre, hablando con todo rigor, es en lo que consiste la crisis. No es que todo en la religión esté en crisis, ni mucho menos que la religión esté en crisis porque arrastra muchos elementos del pasado. No es una cuestión de tradición y de vejez. Hay hallazgos antiquísimos de la religión, como veremos, que siguen gozando de magnífica salud, y seguirán gozando de ella. Porque tales hallazgos han sido y son la experiencia más alta que el ser humano puede hacer. Lo que está en crisis, y ello de manera profunda y radical, es la religión de creencias, las verdades construidas con otra preocupación que la experiencia, construidas por ejemplo para funcionar como filosofía o como ciencia, como ideología cohesionadora de sociedades, como moral, como marco de ciertas visiones del cosmos y de la historia, como legitimadora de ciertos proyectos históricos, ya sean de liberación o de esclavitud y de sometimiento. La religión que está en crisis es la religión interesada y egocentrada, la que se construye respondiendo al mecanismo de la necesidad y del interés por muy espiritualmente que se conciban, la religión montada sobre la experiencia de lo sagrado. Por el contrario, la que no está en crisis es la religión de la total y absoluta gratuidad, del total y profundo desinterés, la religión del sentir, entender, amar y actuar puros, buscados en sí mismos y por sí mismos, sin ningún otro interés ni objetivo, sin ninguna otra finalidad. Es la religión que muchos autores llaman de «conocimiento silencioso»[4].

La religión como conocimiento silencioso

¿Por qué de conocimiento silencioso? Porque este conocimiento no opera mediante conceptos, representaciones ni discursos, sino, al contrario, por una copresencia, por una superación de la diferencia entre sujeto y objeto, por una identidad entre el que conoce, el acto de conocer y lo que conoce, y para esto se requiere del silenciamiento total, hasta su desaparición, de toda otra fuente de conocimiento, de toda otra representación y mediación. Es el conocimiento puro, la experiencia directa y total, es el conocimiento como experiencia y actividad de todo el ser y no solamente del entendimiento, menos aún en su forma de razón.

Este conocimiento, no buscado como respuesta a “necesidades” sentidas ni como solución a problemas, tiene sin embargo muchas ventajas. No requiere ser religioso, al contrario, es profundamente secular[5]. Por ello puede adoptar las formas más variadas, teístas y no teístas, monoteístas y no monoteístas, religiosas y profanas. Su validez no está en las formas que puede adoptar y que históricamente ha adoptado, sino en la naturaleza misma del conocimiento. Consecuentemente no es dogmático, jerárquico, autoritario, excluyente. Es profundamente laical y ecuménico, universal. Es creador, libre y plural. Sus posibilidades son infinitas y, estrictamente hablando, no hay una experiencia igual a otra, no hay un camino igual a otro. Por ser infinitas las posibilidades, la urgencia es, sin sometimiento alguno, aprender todos de todos.

¿Este conocimiento existe, es posible? ¿Existe y es posible esta religión de conocimiento silencioso? Este conocimiento no sólo es posible sino que ha existido desde los pueblos cazadores, desde que estos pueblos crearon los rituales chamánicos como rituales mediante los cuales cambiar la condición ordinaria del ser humano. Desde entonces, aunque nunca en forma dominante, no ha dejado de existir. El cultivo de este conocimiento lo atestiguan todas las grandes tradiciones de sabiduría y todas las grandes tradiciones religiosas[6]. Es el conocimiento conocido como contemplación, camino interior, iluminación, experiencia mística, presente en todas las religiones. A él se hace referencia en éstas cuando se habla del «ojo de la contemplación» (oculus contemplationis) u «ojo del Espíritu» como contrapuesto al «ojo de la carne» (oculus carnis) y al «ojo de la mente» (oculus mentis), haciendo consistir el ejercicio de la religión sobre todo en el primero.

No solamente es posible y ha existido sino que, hoy, es la única forma de religión creíble, vista ésta desde la nueva cultura. Al no ser creíble la religión de creencias, ésta es la única religión coherente con la nueva cultura y la nueva sociedad, que viven del conocimiento. Esta es la religión llamada a emerger de la crisis; religión antigua como vemos, y a la vez profundamente nueva, capaz de resistir, por así decir, la crisis actual, porque no tiene nada de creencia. Es conocimiento y experiencia puros, gratuitos, totalmente desinteresados, desegocentrados, no dualistas. Pero volvamos hacia la crisis religiosa actual tratando de conocerla un poco más a fondo.

3. Cosas que hacen crisis

Con respecto a la existencia de la crisis se puede decir que el consenso es total entre los estudiosos de lo religioso. Hay diferencias en cuanto a su interpretación y a su significado, pero no en cuanto a su realidad. Muchos fenómenos así lo reflejan. Señalaremos algunos remitiéndonos únicamente a la religión cristiana en Occidente.

Hacen crisis las representaciones y la autoridad

Hace muy pocos años el actual Papa, Juan Pablo II, fue noticia en todos los medios de comunicación al declarar en una de sus catequesis semanales que el infierno no podía ser interpretado como lugar sino como el estado o situación en la que deviene el ser humano que se condena. La noticia tuvo sin duda un impacto tan formidable por su efecto de catarsis: ¡por fin!, la máxima autoridad de la Iglesia Católica reconocía públicamente algo que muchos de sus fieles hace años habían dejado de creer. Aunque tarde, la noticia tenía un efecto liberador. Pero esto no explica todo. La noticia tuvo tanta repercusión en Occidente porque, en un punto dogmático, como quien dice en algo de competencia exclusiva de la Iglesia, ésta tuvo que aceptar la conclusión a la que por su cuenta ya había llegado la cultura profana moderna. En otras palabras, lo que en este punto hizo crisis no fue el contenido dogmático, que ya hace tiempo la había hecho, sino la autoridad. De ahí la celebración de la noticia. Más arriba hablábamos de paneles enteros de contenidos que se desprenden. ¿Se podrá medir el efecto en cadena de una declaración de este tipo? A otras interpretaciones tenidas en su tiempo por verdades de fe y así transmitidas les puede esperar, si no les ha ocurrido ya, la misma suerte. Ya entonces se extrajo una conclusión inmediata: si el infierno no es lugar, el cielo tampoco. Pero sobre todo, ¿se podrá calcular el efecto de pérdida de credibilidad en la misma función de la autoridad religiosa? Porque aquí es donde se manifiesta principalmente la crisis. El que conocimientos queden superados, mueran y desaparezcan, es cosa de todos los días. Las noticias en este sentido cada día, por lo esperadas, lo son menos. Lo que aquí la modernidad cobra es la caída de un conocimiento impuesto y mantenido autoritariamente.

Si la autoridad que dogmáticamente se legitima entra en crisis, y del mismo modo toda institución igualmente legitimada, por ejemplo las mismas iglesias, ¿extrañará que suceda lo que está ocurriendo: la crisis en la pertenencia a las mismas, la selección personal de las propias creencias reteniendo unos elementos y rechazando otros, la indiferencia creciente frente a sus mensajes, y una actitud progresiva de increencia? Los mencionados son otros tantos comportamientos normales, predecibles, y todos ellos apuntando al mismo síndrome: un malestar creciente con las verdades religiosas propuestas dogmática, autoritariamente.

Es importante ver que no es la dimensión religiosa en sí la que está en crisis, sino la forma autoritaria como se presenta. La dimensión religiosa pareciera estar irrumpiendo por muchas partes. No es la nuestra una época materialista y atea. La dimensión religiosa irrumpe más allá de las iglesias y por eso se habla de «religión salvaje». Encuestas realizadas sucesivamente a nivel mundial como las del Estudio Mundial de Valores, conocida por sus siglas en inglés WVS (World Values Survey ), muestran que el número de quienes se declaran ateos va en retroceso. Los que aumentan son quienes se declaran «agnósticos», que no son precisamente no sensibles a lo religioso, al contrario, mantienen una cierta religiosidad no institucionalizada, no orientada hacia las Iglesias[7]. Estos en algunos países desarrollados se aproximan ya a un tercio de la población[8]. En Costa Rica, según una encuesta local realizada el año 2001, son el 10.8%[9]. Las mismas encuestas mundiales a las que hacemos referencia muestran que si bien la fe en las creencias religiosas y en las instituciones religiosas consolidadas decrece, aumenta el número de quienes dedican tiempo a pensar en el significado y en el propósito de la vida. Este valor aparece en significativa correlación con mejores niveles de desarrollo y es predecible que vaya en aumento. En otras palabras, decrece la religión vinculada a la autoridad y al sometimiento y aumenta la religión como búsqueda espiritual, personal, realizadora y libre.

Hace crisis lo que no es específico en la religión.

La crisis en la religión no es obra, pues, del positivismo científico o, mejor dicho cientificista. Es obra de su pérdida de especificidad y de su anacronismo. El desarrollo del pensamiento científico lo que cuestiona es el error cometido por la religión: su pretensión frecuente de ser objetiva y empírica, de ser científica, en el mismo nivel de la ciencia. Así, el infierno como lugar no cayó porque ahora la ciencia lo pueda explicar. Ella no lo puede explicar. Cayó precisamente en la medida en que se le pretendió explicar como un lugar, como una realidad física y bajo un modelo físico, aunque fuera de física espiritual. Esto es lo que cayó. En este sentido la función que cumple la ciencia con respecto a la religión es impulsar ésta a que descubra su campo, su dominio y su especificidad, y recordarle que su lenguaje es siempre simbólico, nunca material, por así decirlo. La ciencia más bien está ayudando indirectamente a la religión a redescubrirse a sí misma mostrándole teórica y prácticamente cuáles no son sus competencias.

Hacen crisis los contenidos de tipo dogmático y hacen crisis todos los contenidos religiosos que sean y se expresen como mágicos y míticos. Porque todos ellos, en la medida en que apelan a la autoridad para que se les otorgue credibilidad, en el fondo están renunciando a su especificidad, a la experiencia como fuente de validación, para ubicar su competencia en el dominio de la ciencia y sin guiarse por los criterios y exigencias de ésta sino recurriendo siempre a la autoridad. Esto es lo que sucede también con los contenidos morales cuando en su pretensión de verdad apelan a referentes únicos y excluyentes, por ejemplo a verdades y normas que serían objetivas y válidas para siempre. Todo ello ante el temor de caer en un relativismo moral. Esta fue la preocupación de Juan Pablo II en su carta encíclica Veritatis splendor (1993) sobre los fundamentos mismos de la teología moral católica.

Hace crisis la religión como sistema moral

Lo que el hombre y mujer modernos han descubierto es que ellos tienen que construir su moral. Obviamente, siempre teniendo en cuenta la realidad y su realidad como seres humanos, personales y sociales, pero la tienen que construir. No existe una moral ya construida, revelada o equivalente, descubierta y fundada por una filosofía objetiva de una vez para siempre. La realidad lleva en su entraña exigencias morales, por eso es un referente obligado, pero no lleva en sí misma la moral como un modelo simplemente a seguir. No existe una moral «natural» y «perenne». Concebir la realidad como si llevara en sí misma impresa este modelo es incluir en la realidad, desde la pura concepción de las cosas, esto es, desde el puro comienzo en el proceso de alumbramiento de una moral, algo más que no es la realidad. De esta manera se introduce un factor distorsionante: una aceptación de una normal moral en virtud de algo que no es moral, porque no emana de la realidad como en sí misma es, sino en virtud de la autoridad y de la imposición. Y de nuevo tenemos el rechazo. No porque el hombre y mujer modernos no sean morales sino, al contrario, porque al menos en la construcción de su moral no pueden ser inmorales, porque en algo tan real y tan llamado a ser verificado en la realidad como es el correcto actuar, no pueden recurrir a principios no verificados, de autoridad.

Cuando moral y religión coinciden como dos dominios dogmáticos, como que se agigantan sus efectos distorsionantes y el rechazo por parte del ser humano moderno no puede ser mayor, traduciéndose en increencia e indiferencia. Ante lo que percibe como anacronismo y prepotencia dogmática, es quizás la mejor manera que tiene de defenderse.

Hace crisis lo mágico en la religión

En fin, hace crisis la oración de petición, la oración entendida y practicada como un pedir que Dios resuelva nuestros problemas y no como un trabajo sobre nosotros mismos para llegar a ser lo que pedimos. De nuevo, esa oración es mágica; se desacredita a sí misma tan pronto aflora a nuestra mente y a nuestros labios. Pretende convertir en mecánica y en intencional algo que pertenece a otra ontología: una ontología que a decir verdad no tiene ontología porque, sencillamente, es. Quien descubre que la espiritualidad no tiene nada de mágico ni de mecánica, no puede reconocerse en esa idea y práctica de la oración, porque con razón la siente como un bloqueo a implicarse verdaderamente en el camino espiritual. La vida espiritual no es pedir que Dios haga o que mueva a otros para que ellos hagan, es ser y hacer uno.

Hacen crisis los exclusivismos

Hace crisis todo lo que es y funciona como no real, como dogmático, y por lo tanto, como autoritario y excluyente. Así sucede cuando lo que son expresiones propias y legítimas de una tradición religiosa y por lo tanto riquezas, se proclama como monopolio de verdades únicas, desconociendo así que todas las grandes tradiciones religiosas tienen, expresadas de diferente manera, las mismas grandes riquezas, el mismo camino. Hace crisis una religión cuando no se asume como un hecho religioso positivo la existencia de diferentes tradiciones religiosas y de sabiduría, con sus grandes enseñanzas espirituales. Cuando no se vive en actitud de sincero aprendizaje unos de otros, y para ello en continuo diálogo y a partir de un reconocimiento de la igualdad de principio que asiste a todas las grandes tradiciones.

La religión hace crisis, cuando frente a estos valores que constituyen progresiva evidencia para el hombre y mujer modernos, aquélla se repliega en rechazos y exclusivismos. La religión hace crisis cuando, queriendo dirigirse al hombre y a la mujer de hoy, lo hace en una matriz cultural, en unos valores y en unas categorías, que no son de hoy, que respondieron a otras culturas, a otros seres humanos, a otras evidencias, a otros tiempos.

Buena parte de la teología cristiana lo sabe, es consciente de esta crisis, pero no acierta, o no tiene el valor, en enfrentarla a cuerpo limpio: la única manera de hacerlo. De ahí un sentimiento de malestar creciente en el interior de la propia teología, de los propios teólogos. Este malestar trasciende el ya de por sí real ante la falta de libertad institucional para investigar. Nace de los propios compromisos del teólogo o del estudioso de lo religioso con lo que él cree que es la religión. De todas maneras, aún con limitaciones, se están dando en estos años, como era de esperar, interpretaciones de la crisis, interpretaciones que por lo valiosas que son es importante conocer.

4. Más cosas que hacen crisis

«¿Dónde está ahora mi madre?» «¿Veré a mi hijo?»

Estas son preguntas frecuentes en los procesos de elaboración de duelo en un país como Costa Rica, latino y todavía en vías de desarrollo, por lo tanto con una religiosidad muy pegada a la teología institucional. Y lo primero que hay que destacar de la forma en que se hacen es que no son retóricas, son honestas, responden a un deseo, si no a una necesidad, de tener seguridad al respecto. Dicho de otra manera, no suponen una evidencia sino un estado de inseguridad y de duda, desde luego en el caso de personas poco habituadas a creer en una vida en el más allá, pero también, y eso es quizás más revelador, en personas que se consideran y son normalmente creyentes y practicantes. Esta actitud, contrastada con lo que ella fue a mediados del siglo XX, revela ya en sí un cambio bien real: lo que entonces se compartía como una evidencia, creer en que había vida eterna en el más allá, ahora muchas de las personas que pasan por la experiencia de un duelo ante la partida de un ser querido se sorprenden a sí mismas no sintiéndose tan seguras de ello. En Costa Rica una encuesta realizada en el Area Metropolitana en abril del 2000 arrojó el dato de que sólo un 36.12% de los entrevistados cree en la vida después de la muerte[10].

En efecto, suele aparecer como una sorpresa para la persona misma que está en proceso de duelo. Como que ésta se consideraba más creyente, más segura en la existencia de un más allá. Y de pronto se sorprende a sí misma al sentir que realmente tiene que preguntarse por si de verdad es así: ¿dónde está? ¿lo o la veré?

Detrás de ellas la crisis del “yo” de “lo mío”.

El más allá explicado como física, es decir, como física espiritual social, como un mundo de relaciones gratificantes plenamente felices pero al estilo del mundo de acá, aparece espontáneamente, sin saber cómo ni por qué, puesto en duda o, para decir lo menos, la posibilidad de la duda emerge: ¿Habrá algo más allá de la muerte? ¿Nos reconoceremos como aquí las personas queridas? ¿Podremos vivir amorosamente fundidos los unos con los otros?

Con las dudas entran en crisis la visión que décadas atrás teníamos del cielo. Desde luego entra en crisis una visión en parámetros de una física espacial. Recordemos la declaración del Papa: el infierno como lugar no existe. Pero no sólo ella sino también una concepción antropológica y social al estilo de lo que suele constituir para muchos la realización aquí. Porque las preguntas, y por lo tanto las dudas, subrayan con toda su carga no tanto el dónde como el si yo los veré. Interpretada la muerte biológica como una pérdida del yo, la pregunta en el fondo es: ¿seguiré siendo yo después de mi muerte y ellos, los míos, seguirán siendo los que fueron, seguirán siendo míos?

Y la crisis del conocimiento ordinario

En la cultura moderna actual no sólo el conocimiento de naturaleza dogmática entra en crisis, sino también comienza a merecernos cuestionamiento el conocimiento religioso que responde a necesidad y a interés, el conocimiento logrado vía argumentación y razonamiento. Y con razón. Porque un conocimiento así no es todavía adecuadamente translúcido ni puro, no deja de ser interesado y egocéntrico. Y al no reunir la calidad necesaria, siempre será producto del entendimiento arrastrando el querer y el sentir, no del sentir, conocer, querer y actuar de todo el ser y con todo el ser.

Cuando este conocimiento tiene lugar, no hay yo que conozca, necesite de los otros, los desee y los ame, sino que el yo es conocimiento, es amor, y es todo. Y si es todo, si es “Eso”, si es amor, ¿qué va a necesitar, desear o buscar? Todo esto carece de sentido. Quien es “Eso”, ya experimentó la muerte de su yo antes de su muerte biológica. ¿Va a poder preguntarse si existe algo o alguien después de la muerte? No tiene sentido para él. Para él no hay muerte, todo vive, todo es vida, él es vida. Pero no adelantemos respuestas.

Sinteticemos las transformaciones religiosas evocadas en estos dos epígrafes, subrayando que la crisis es de representaciones, de cosas, de la religión como sistema moral, de la oración como comunicación con Dios e incluso de relaciones y de sujetos religiosos. ¿Cómo interpretar la crisis? ¿En qué consiste y qué la explica? ¿Cuál es su naturaleza y alcance? ¿Cómo analizarla?


[1] Artículo publicado en la página de Servicios Koinonía

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Lo religioso hoy. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s