Las Pintas – Roberto Murillo Zamora

Retomamos oficialmente nuestro Blog ARP después de las vacaciones y de las festividades. De tal forma que esta se convierte en nuestra primera publicación del 2011, en la cual queremos aprovechar para desearles a quienes nos siguen –y a quienes esperamos empiecen a hacerlo este año- un muy feliz año nuevo, mucha salud y felicidad.

En esta primera publicación hemos decido compartir un artículo de Roberto Murillo Zamora titulado Las Pintas[1]. En éste –publicado por primera vez en 1977- Murillo hace una reflexión muy sugerente  respecto del rito de Año Nuevo, y explica el valor de la creencia campesina de las pintas, la cual, en la actualidad, es subestimada y considerada como falsa, o bien, como simple y llana superstición[2] por buena parte de la población costarricense, cosa que señala muy atinadamente el autor. Ahora bien, ¿Qué tendría de verdadera tal creencia? Pues, es justamente por la respuesta que da Murillo –en su artículo- a esta pregunta que el mismo cae tan bien para los efectos de nuestro trabajo. Al final comentaremos más detalladamente el artículo, de manera tal que quede claro el por qué nos ha parecido tan pertinente e interesante.

Sirva también esta publicación para rendir homenaje al ya fallecido filósofo y profesor Roberto Murillo Zamora, cuyo pensamiento aún goza de gran vigencia. Para nosotros es un honor ayudar a rescatar y difundir parte de su obra.


¡FELIZ AÑO NUEVO!


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LAS PINTAS

Enero 11, 1977

El primero de enero “pinta” el mes de enero. El dos, “pinta” febrero. Y así, durante los doce primeros días del año “pintan”, sucesivamente, los doce meses de ese año. Así lo quiere una vieja creencia campesina. “pintar” significa, en este caso, que un tiempo pequeño prefigura un tiempo grande, sobre todo desde el punto de vista meteorológico. Las abundantes nubes y algún aguacero aislado del seis de enero anuncian al sembrador un lluvioso mes de  junio. En cambio, una segunda semana de enero con cielo azul y viento noreste constante, hace pensar al hombre del campo en un invierno débil, en un riesgo para las cosechas, en una posible sequía.

Las “pintas” no tienen importancia para el hombre de ciudad, para el oficinista que cumple con el mismo horario y se alumbra con la misma luz artificial en el día brillante que el oscuro, cuando juega el viento de verano y cuando cae a torrentes el cielo. La creencia en las pintas se hunde en el pasado como un viejo mito agrario de la renovación de la vida, a medida que el país se “cultiva” y se “urbaniza”.

Y es que la idea de la “pintas” no parece tener ningún fundamento lógico o meteorológico. Me recuerdo pedante, apenas adolescente, demostrando a algún campesino de Villa Colón el absurdo de las “pintas”, con el siguiente argumento: si el primero de enero “pinta” enero, y durante el mes de enero, todo el año, entonces el primero de enero “pinta” todo el año. Debería ser este día que los franceses llaman “el día del año”, un día variable, con soles, lluvias y vientos encontrados, en algo semejante al caos originario, contra la evidencia, pues el primer día del año suele ser, en nuestro país, un día estable y veraniego.

Pero el valor de la idea de las “pintas” no es lógico ni empírico, sino mítico. Las verdades míticas señalan en la dirección de una profunda experiencia humana, distinta del sentido común de la vida cotidiana y de eso tan sui generis, tan elaborado, que es el concepto científico de la experiencia. No importa que los boticarios Homais[3], como el de Flaubert, ignoren otro orden de experiencia que el que la ciencia declara, por ignorar precisamente los fundamentos y límites de los conceptos básicos de la ciencia. Importa la luz que la historia comparada de las religiones, la psicología profunda y la mejor ciencia literaria han arrojado sobre el rito de Año Nuevo.

“Todo Año Nuevo es volver a tomar el tiempo en su comienzo, es decir, una repetición de la cosmogonía” dice Mircea Eliade, tal vez el mejor historiador de las religiones de nuestro tiempo, en su interesante estudio El mito del eterno retorno (Alianza Editorial, Madrid, 1972, p.56 s.). Todo rito de año nuevo es una participación en el acto creador del universo, una co-creación cíclica. Del rito hemos de salir nuevos y rejuvenecidos, pues hemos vivido con él un tiempo originario, otra vez el Urzeit[4], que lleva en germen y en potencia el año que comienza, todo un círculo del tiempo. Un lapso arquetípico como el de los doce primeros días del año, es como un huevo cósmico, una figuración anticipada de todo lo que va a pasar después.

Las “pintas” no son una simple superstición, salvo en el sentido fundamental, con cierta virtud cíclica recreativa. Son una gestación del año en el corazón, en la imaginación y en la sensibilidad del ser humano, proyectada mágicamente en las nubes y en los vientos. Y no es una creencia costarricense, sino universal, con variantes. Eliade advierte: “Asimismo los doce días que separan Nochebuena de la Epifanía siguen siendo considerados actualmente como una prefiguración de los 12 meses del año, debido a que el Año Nuevo repite el acto cosmogónico. Los campesinos de toda Europa no tienen otras razones cuando determinan el tiempo de cada mes y su ración de lluvia por medio de los signos meteorológicos de esos doce días. ¿Será menester recordar que era en la fiesta de los Tabernáculos cuando se fijaba la cantidad de lluvia asignada a cada mes? Por su lado los hindúes de la época védica designaban los doce días del medio invierno como una imagen y réplica del año”. (Op. Cit. P. 65).

Es curioso que es Costa Rica –no sé si en otras partes- se agrega a lo anterior una cierta complicación del mito: después de los primeros doce días de enero, contados, a partir del primero y no de la navidad se repiten las “pintas” en ciclos más cortos: del doce al dieciocho “pinta” cada día dos meses, del dieciocho al veintidós, tres meses…Estos conduce a cerrar el ciclo con un veintiocho de enero, último día del mes lunar, en que pinta otra vez, y directamente, todo el año. Hace de enero un círculo dentro del círculo del año, y de sus extremos, puntos que representan el círculo grande y el pequeño.

El autor desea al lector una renovación merced al rito del año nuevo, con la imagen de la “pintas”. Renovación en el querer algo. Renovación en el mejor saber lo que se quiere. Renovación, por último, en poder hacer lo que se sabe que se quiere.


[1] Murillo, Roberto. Estancias del pensamiento. Editorial Costa Rica. San José. 1978.

[2] No es casualidad que en la actualidad se le vea de tal forma, ya que si bien es cierto los mitos no son ‘mentiras’, solamente comunican y convocan en condiciones de producción (simbólica y material) muy particulares, es decir, solamente son ‘verdaderos’ para quienes viven en las condiciones culturales –tramas de significación- que le dan sentido. Precisamente una de las hipótesis fuertes de nuestro trabajo señala que en las actuales sociedades del conocimiento antiguos mitos han perdido buena parte de su sustento, lo que no significa que no vayan a surgir nuevos mitos, aunque ahora de otra índole.

[3] Personaje de ‘Madame Bovary’.

[4] Tiempo primitivo.

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2 respuestas a Las Pintas – Roberto Murillo Zamora

  1. Ante la pregunta que nos planteamos al principio (¿Qué tiene de verdadera la creencia en las pintas?) Murillo responde: “(…) la idea de la “pintas” no parece tener ningún fundamento lógico o meteorológico. (…) Pero el valor de la idea de las “pintas” no es lógico ni empírico, sino mítico. Las verdades míticas señalan en la dirección de una profunda experiencia humana, distinta del sentido común de la vida cotidiana y de eso tan sui generis, tan elaborado, que es el concepto científico de la experiencia”. En otras palabras, tal como señalamos al inicio, los mitos son verdaderos; sin embargo, no lo son en el mismo sentido que apunta el lenguaje científico. Al respecto Marià Corbí, citando a Luis Cencillo, señala:

    “… no puede caber de que el mito es una forma de saber acerca de algo y que en sí mismo tiene la realidad propia de un saber.
    El mito, ante todo, crea una base de comprensión en forma de esquemas mentales y de modelos gestálticos, para que el ser humano organice, digiera e ilumine la experiencia bruta de sí mismo, del cosmos y de las vecciones evenementales… en el que el hombre se ve envuelto y comprometido… No es un saber científico ciertamente, ni puede serlo (pues la ciencia constituye una forma de saber regional, sumamente ligada al método formal, y ajena a la esfera del sentido y de las totalidades) mas no por ello deja de ser o de poder ser un verdadero saber acerca de realidades en profundidad”. (Corbí, M. (2003). Análisis Epistemológico de las configuraciones axiológicas humanas. p. 32.)

    Ahora bien, ¿Cuáles son las condiciones de posibilidad del surgimiento -y mantenimiento- de tal o cual mito y -por supuesto- de su capacidad de interpelarnos? por ejemplo Murillo señala lo siguiente:

    “Las “pintas” no tienen importancia para el hombre de ciudad, para el oficinista que cumple con el mismo horario y se alumbra con la misma luz artificial en el día brillante que el oscuro, cuando juega el viento de verano y cuando cae a torrentes el cielo. La creencia en las pintas se hunde en el pasado como un viejo mito agrario de la renovación de la vida, a medida que el país se ‘cultiva’ y se ‘urbaniza'”.

    ¿Son acaso las condiciones socio-laborales las que dan origen y sustento a los diferentes mitos?

    • Dagoberto Núñez Picado dijo:

      Hola y feliz año a las personas que amablemente leen y consultan nuestro BLOG: A la pregunta ¿son acaso las condiciones socio-laborales las que dan origen y sustento a los diferentes mitos? Creo que no de manera directa. Seguramente, desde una perspectiva materialista que sostenemos, hay suficiente perspectiva para fundamentarlo de manera no mecánica (es decir que los mitos no son mera secreción de la producción en el marco de las fuerzas productivas); es decir que la materialidad por nosotros entendida, no disipa la consistencia de las producciones simbólicas humanas en las producciones de sobrevivencia.

      Lo socio-laboral tal y como lo señala Corbí en su tesis doctoral apela a una trama/de/sentido (un nivel semántico totalizante) que simbólicamente deja una huella en el lenguaje de quien realiza el trabajo manual: la idea de que en el lenguaje se imprime (como en un sello) la metáfora o la analogía fundamental, es sustantiva en la teoría de Corbí. Así se entiende que el universo de lo mítico-religioso constituye una trama de “relativa autonomía” (con una dinámica propia de la socio-laboral) pero que guarda con ella una correlación profunda, en la que mutuamente se prestan sentido y conjuntamente dan acceso a hipótesis plausibles de explicación global.

      dago

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