No es el fin de las utopías – Por François Houtart

Axiología Religiosa se complace en entregar esta exposición del Profesor Houtart. Marcelo Colussi, en un artículo para ARGENPRESS.info, presenta al sociólogo de la religión François Houtart; se trata de un sacerdote católico, pero ante todo, de un incansable luchador social. ‘No podemos ser otra cosa que revolucionarios’, dijo en alguna oportunidad. Nacido en Bélgica en 1925 y ordenado cura en 1949, es dueño de una vasta cultura, habiendo estudiado filosofía, teología, ciencias políticas y sociología.

Habla a la perfección varios idiomas. Ha viajado por medio mundo (Asia, Africa y América Latina) en relación a problemas socio-religiosos. Es autor de más de 40 libros, muchos de ellos con traducciones a varias lenguas. Sólo por mencionar algunos, podemos citar ‘El cambio social en América Latina’ (1964), ‘Sociología de la religión’ (1992), ‘La Tiranía del Mercado’ (2001), ‘Mercado y Religión’ (2002). Entre algunas de sus credenciales podemos decir que es profesor emérito de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), director del Centro Tricontinental, miembro del Consejo Internacional del Foro Social Mundial de Porto Alegre, presidente de la Liga Internacional por el Derecho y la Libertad de los Pueblos, y además secretario ejecutivo del Foro Mundial de Alternativas que, tal como dice su página electrónica, es una ‘red internacional de centros de investigación destinada a apoyar los proyectos emergentes de la convergencia internacional de los movimientos sociales y otros actores de la sociedad civil de base. Lo hace construyendo los espacios de reflexión y coordinación, poniendo a disposición de los movimientos sociales y ONGs, las herramientas de información y análisis sobre mundialización de las resistencias y contribuyendo a la difusión de los conocimientos de las luchas internacionales en curso’. Tanto el Foro como la figura de François Houtart son actualmente referentes de los movimientos alternativos en todo el mundo.

Por lo dicho, incluimos el discurso en que Houtart expone en la Universidad de La Habana, una rica reseña de la Historia religiosa de Cuba.

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Ponencia de Francois Houtart al recibir
el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de La Habana

No es el fin de las utopías

François Houtart • La Habana

Señor Rector, Señora Embajadora de Bélgica, estimados y estimadas colegas, queridos amigos y amigas, 

Gracias por este honor académico que también es un testimonio de solidaridad en la lucha social, espiritual y política y una expresión de amistad. 

En 1953 subí por primera vez la escalinata de esta Universidad, que fue testigo de tantas luchas estudiantiles y políticas, y en los 55  años que han transcurrido nunca pensé que un día yo regresaría para recibir un doctorado de esta gran institución. De verdad, la Universidad de La Habana ha sido un lugar privilegiado de la tradición intelectual y cultural de la nación cubana. No podemos olvidar que aquí descansa  Félix Varela, que el pensamiento de José Martí siempre ha sido promovido, aún en los peores días de la vida política del país y que grandes nombres de la literatura y de la política fueron asociados a su dinámica, para citar solamente los que he conocido personalmente Alejo Carpentier, Cintio Vitier, Roberto Fernández  Retamar y Abel Prieto en la literatura; Aurelio Alonso y Fernando Martínez Heredia en la filosofía; Eduardo Torres-Cuevas en la historia; Osvaldo Martínez y Carlos Tablada en la economía; o Ricardo Alarcón y Felipe Pérez Roque y el propio Comandante Fidel Castro en los campos político e intelectual. 

El tema que he elegido para esta ponencia es la relación entre Revolución y Religión en Cuba. Le haré en tanto que sociólogo de la religión, fiel así a mis colegas de esta Universidad que me habían invitado hace algunos años a dar mi punto de vista sobre la disciplina y al equipo del Departamento de estudios sociorreligiosos del CIPS a los cuales debo muchas de las informaciones concretas.  Me perdonarán si hablando desde el exterior, se me escapan ciertos hechos o perspectivas. 

Empezaré por definir el marco específico del análisis y después trataré de construir una cronología del tema. 

I.           El marco del análisis 

Para el análisis de las relaciones entre Revolución y religión en Cuba, utilizaré un guión de lectura (una hipótesis) que formulo de la manera siguiente: El tiempo de las incertidumbres no significa el fin de las utopías, ni la muerte de la esperanza. En otras palabras, las certidumbres que caracterizaban ambas partes, creando un estado de conflictos, puede transformarse, con el reconocimiento de la incertidumbre, en una dinámica de búsqueda común de la utopía y en una fuente de esperanza. Se trata de un enfoque que permite ir más allá de la mera descripción o de la historiografía. 

De verdad, vivimos tiempos de incertidumbre, no solamente en el pensamiento científico o en las ciencias humanas, sino en la situación existencial de los pueblos. Las numerosas crisis, financieras, alimentarias, energéticas, climáticas están creando condiciones particularmente graves, fruto de la lógica de un modelo de desarrollo destructor de la naturaleza y de los seres humanos, resultado de una inversión de valores, que hizo de la acumulación del capital el motor de la civilización. 

Quiero recordar que la filosofía contemporánea de las ciencias nos lleva a considerar el azar como un factor clave de la historia física y biológica del universo. Por su parte, el análisis de las sociedades no permite más una visión determinista lineal de la realidad y nos ayuda a redescubrir su dimensión dialéctica. 

Uno podría preguntarse qué tiene eso que ver con las relaciones entre Revolución y religión en Cuba. De verdad mucho. Hubo el tiempo de las certidumbres, la Revolución que tendía a transformar la utopía en dogmas y las religiones, en particular las iglesias cristianas, institucionalmente mayoritarias en el panorama religioso del país, que identificaban formas coyunturales e históricas con el absoluto de su meta. Para la iglesia católica aún no había ocurrido el Concilio Vaticano II, que ocasionó una transformación profunda. 

El fracaso, relativo pero profundo de las sociedades socialistas europeas, las graves desviaciones de ciertas revoluciones buscando alternativas al capitalismo, las orientaciones contemporáneas de poderes socialistas promoviendo una “economía social de mercado”, introducen un factor importante de incertidumbre en la búsqueda del poscapitalismo. Cambios culturales, nuevos conocimientos, movimientos migratorios, han tenido un impacto sobre la conceptualización de las creencias religiosas y sobre la pluralidad religiosa de las sociedades e introdujeron elementos de incertidumbre dentro del campo religioso. 

De manera positiva, el tiempo de las incertidumbres ayuda a desarrollar una modestia intelectual y una tolerancia mutual, sin necesariamente caer en el cinismo cultural, en la ausencia de valores inspiradores del actuar humano, o en el rechazo de todo compromiso, es decir, sin abandonar la búsqueda de las utopías. 

En este sentido, las ciencias sociales y la sociología en particular, han jugado un papel importante. Todas las instituciones de las certidumbres han sido alérgicas a la sociología. Las sociedades socialistas suprimieron la sociología porque con el marxismo tenían todas las respuestas y en Europa del Este, los primeros pasos de su restablecimiento fueron orientados por el funcionalismo norteamericano: cómo hacer funcionar mejor el sistema, sin analizar las nuevas relaciones sociales que se habían construido ni las propias contradicciones internas. 

El enfoque histórico, sociológico y sicológico en el análisis de las religiones, revelaba el carácter construido de las creencias e instituciones religiosas, lo que ponía en peligro varias dudosas certidumbres y también ciertos parámetros del sistema de autoridad. Eso provocó también resistencias por parte de las instituciones religiosas. 

Por estas razones, se debe tomar en cuenta el contexto social de las relaciones entre Revolución y religión en Cuba, sabiendo también que en ambos elementos hubo tensiones internas, y que la realidad es siempre dialéctica y compleja, con actores en interacción. Lo que se propone es establecer una cronología dentro de un cuadro general de interpretación, utilizando las excelentes investigaciones del Departamento de estudios sociorreligiosos del CIPS, los trabajos de sociólogos de esta Universidad y de centros de investigación antropológicos, como el Centro Fernando Ortiz y la Casa del Caribe, y finalmente algunas observaciones personales. 

II.        Las etapas de las relaciones entre Revolución y religión en Cuba 

Antes de proponer una cronología de las relaciones, es bueno recordar en breves palabras algunos aspectos del panorama religioso y político existente antes de la Revolución. En el campo religioso, había tres elementos principales: el catolicismo, las varias formas de protestantismo y las religiones afrocubanas. La iglesia católica era la institución religiosa principal. Ella había recuperado en los años 50 un lugar importante en la sociedad, después de haber sufrido su carácter de brazo cultural de la colonización española que, entre otro, había impedido el desarrollo de un clero local. En la víspera de la Revolución, este último era todavía un tercio extranjero, en su mayoría español. 

En el año 1953, vine a Cuba por un congreso centroamericano y caribeño de la Juventud Obrera Católica (JOC). Aproveché de la oportunidad para completar un estudio comparativo sobre las estructuras pastorales de la iglesia católica en las grandes ciudades de Europa, América del Norte y América del Sur. Este tipo de investigaciones era muy revelador del tipo de inserción social del catolicismo. En La Habana, ciudad de un millón de habitantes en ese tiempo, había 16 parroquias con 32 sacerdotes. Al mismo tiempo, más de 200 sacerdotes estaban dedicados a la enseñanza en escuelas secundarias y superiores. Cuando uno recuerda la función social de una gran  parte de esas escuelas privadas, se puede concluir que eso significaba, deliberadamente o no, una real opción de clase. 

De verdad no podemos ser demasiado simplistas. La JOC actuaba en los medios obreros, con una visión de crítica social inspirada por la fe Cristiana y por otra parte, los Jesuitas del colegio elitista de Belén pueden enorgullecerse  de haber contribuido a la formación del líder máximo de la Revolución, Fidel Castro. Sin embargo, como institución, la iglesia católica no era identificada con los medios populares que eran culturalmente influidos por una religiosidad de múltiple origen. Al contrario estaba más cercana culturalmente y socialmente de las clases altas y medio-altas, participando en su reproducción social. 

Las iglesias de la Reforma estaban todavía muy vinculadas con sus orígenes, generalmente norteamericanos y, con pocas excepciones, actuaban en las clases medias urbanas, también con instituciones educacionales. Los cultos afrocubanos eran marginalizados o folclorizados tanto por las iglesias cristianas, como por la sociedad blanca, sea política, cultural o académica. 

Al mismo tiempo, los medios sociales nacionalistas y las organizaciones de izquierda, de donde nació la Revolución, se caracterizaban por un laicismo a menudo agresivo y generalmente anticlerical. Todo el mundo tenía sus certidumbres y eso a pesar de la altura de pensamiento de grandes figuras que habían marcado la historia cubana, como el filósofo padre Félix Varela o el pensador político y finalmente Héroe Nacional de la Independencia, José Martí.

1.El momento revolucionario 

Es en este contexto que nace y triunfa el proceso revolucionario. Se trata en una primera etapa de la conquista de espacios para consolidar una real independencia política, un poder de decisión económica, la justicia social con educación, salud y cultura para todos. Se reducen así varios espacios ocupados antes por entes religiosos. 

El éxodo de las clases altas y medio-altas después del triunfo de la Revolución, reduce la base social de las iglesias cristianas. Una parte de los que se quedan se inscriben en el espacio religioso, en tanto que refugio político sino antirrevolucionario. La mayoría del clero de origen español interpreta los eventos como la repetición de la Guerra civil española y muchos son expulsados. Miembros de la JOC, que habían apoyado la Revolución se retiran del proceso o son excluidos. Entran en oposición o se exilian, cuando la Revolución se define como socialista de inspiración marxista. La tensión es fuerte y la imagen mutual se transforma en estereotipos de verdad no siempre sin base: las iglesias, fuerzas contrarrevolucionarias y la Revolución fuente de ateísmo militante. 

Las iglesias protestantes, sin embargo, siendo minoritarias, no son tan afectadas por esta dicotomía y se adaptan más fácilmente a la nueva situación. Los cultos afrocubanos se quedan en su lugar de siempre, es decir, casi clandestinos, frente al gran movimiento de emancipación social y cultural de las clases subalternas promovida por la Revolución. 

En esta situación difícil y tensa, algunas personalidades que he tenido el privilegio de conocer de cerca, jugaron un papel importante y pacificador a largo plazo. El primero fue Felipe Carneado, este intelectual, miembro del Partido comunista desde antes de la Revolución y encargado de los asuntos religiosos en el Comité Central del Partido. Su personalidad conciliadora, sus relaciones personales muy atentas con muchos de los líderes religiosos, le merecieron el título (como broma amistosa) de Obispo laico. Recuerdo una celebración de su cumpleaños, cuando el pastel de aniversario le fue entregado y después compartido, por la conferencia episcopal católica en su conjunto. 

Otro actor importante fue monseñor Zacchi, el encargado de negocios de la nunciatura apostólica, que guardaba el contacto con las autoridades de la revolución aún en momentos de alta tensión. Se dice que, como buen italiano, era experto en espaguetis, lo que Fidel apreciaba particularmente. 

Finalmente quiero mencionar dos figuras que me impresionaron mucho, monseñor Adolfo Rodríguez, el obispo de Camagüey y el pastor Raúl Suárez. El primero, que fue también presidente de la Conferencia Episcopal Católica, mantuvo siempre una actitud pastoral de apertura y de diálogo. El segundo, a pesar de haber sufrido de la Revolución, nunca perdió su esperanza en el futuro y su celo evangélico y fundó el Centro Martin Luther King, un lugar privilegiado de compromiso social y aun fue miembro de la Asamblea Nacional Popular. 

2. El período del mimetismo soviético 

Por razones políticas obvias, durante la Guerra Fría, Cuba ha tenido de apoyarse en la Unión Soviética. La contribución política y económica muy real ha tenido también un precio ideológico, que se tradujo en varias aéreas, que incluyen la cultura y también la religión. En la URSS, el ateísmo se había transformado en religión de estado. Me acuerdo haber visitado el Instituto del Ateísmo Científico, y también en Leningrado el museo del ateísmo, localizado en la catedral de la misma ciudad. De hecho, una lucha coyuntural y necesaria contra instituciones religiosas vinculadas con el orden social feudal, se había transformado en un dogma. Ya Carlos Marx había contestado a los discípulos de Feuerbach que pretendían que para ser socialista uno tenía que ser ateo, que tenían un discurso teológico al revés. 

Eso tuvo también su impacto en Cuba. Me acuerdo una visita en este tiempo en una escuela primaria de los alrededores de Matanzas. Los manuales escolares eran traducidos del ruso y contenían ataques frontales a las religiones, lo que provocaba reacciones muy comprensibles entre los creyentes. Sin embargo, aún durante este período, hubo también otros acontecimientos. Después de la muerte del Papa Juan XXIII, el gobierno cubano decretó tres días de luto, y tuve la oportunidad de participar en el servicio celebrado en la catedral de La Habana en su memoria, por monseñor Zacchi, ya citado, en presencia de autoridades políticas. También  reuniones de personalidades religiosas de varias denominaciones y naciones fueron organizadas por el Consejo Mundial de la Paz. Una de ellas tuvo lugar en el seminario protestante de Matanzas. El fin era movilizar fuerzas morales en favor de la paz, durante la Guerra Fría. El resultado fue también un poco de aire fresco en una atmósfera a veces pesante. 

3. El período de rectificación 

A partir de la mitad de los 80, Cuba recuperó progresivamente una relativa autonomía política e ideológica. Cuatro años después se produjo la implosión de la Unión Soviética. Este período también tuvo un efecto sobre las relaciones entre la Revolución y las religiones. 

El primer hecho, lo más visible, fue la larga entrevista de Frei Betto, el dominico brasileño, a Fidel y que fue publicada en un libro: Fidel y la religión. La  obra fue traducida en decenas de lenguas, hasta el vietnamita. La edición francesa se equivocó de portada, con una foto de Ramón el hermano mayor de Fidel en vez de este último. Me acuerdo también las filas frente a las librerías de Cuba para comprarlo: un millón dos cientos mil personas lo compraron. Este éxito fue tal vez en parte debido al hecho de que por primera vez Fidel hablaba de su niñez y de su juventud, pero de todas maneras el discurso de Fidel sobre la religión se distanciaba de los estereotipos del pasado, expresando admiración como también críticas, pero sobre todo respeto. 

Desde varios años, teólogos de la liberación habían sido invitados por Cuba, tales como Leonardo Boff, el brasileño. Muchos cubanos, y entre ellos intelectuales, tenían contactos con cristianos comprometidos en los movimientos revolucionarios de América Central, Guatemala, El Salvador y Nicaragua. En este país, la Revolución Sandinista tenía un componente cristiano muy importante. Sacerdotes como Ernesto y Fernando Cardenal y Miguel D’ Escoto jugaban un papel de peso y las Comunidades eclesiales de base habían constituido una de las bases sociales de la Revolución. ¿Cómo seguir con la certidumbre que la religión era solamente el opio del pueblo? 

Es también en 1986, que a la iniciativa de intelectuales marxistas, se organizó en la escuela de Diplomacia del MINREX, un curso intensivo de Sociología de la Religión que mi colega Geneviève Lemercinier y yo, impartimos durante 15 días. Una treintena de profesores de Filosofía, de colaboradores del Comité Central y aun un coronel en uniforme siguieron el curso. El punto de partida era que un enfoque marxista de la religión no podía ser el fruto de un dogma, sino de un análisis de sus funciones sociales. Así se estudiaron, en la historia y para diversas religiones, los hechos. La conclusión fue que de verdad las religiones pueden ser un opio para la emancipación de los pueblos, pero también fuente de inspiración para un compromiso social, aún revolucionario. El consenso fue unánime y el contenido del curso fue publicado con un prefacio de Fernando Martínez. Varias ediciones se realizaron en México, Nicaragua, Colombia y Brasil y siguen todavía, gracias a Ruth Casa editorial y a los esfuerzos de Carlos Tablada, en Cuba de nuevo, en Venezuela y en otros países latinoamericanos. 

El catolicismo cubano, por su parte, realizó en 1986 una reflexión importante sobre su propia realidad y su función en la sociedad. Después de varios meses de preparación del Encuentro Nacional (ENEC) de la Iglesia Católica, produjo un documento que daba una orientación nueva. 

Evidentemente las interpretaciones ulteriores fueron diversas, en función de la diversidad interna del catolicismo mismo y de variaciones en la relaciones entre la iglesia y el estado. El Consejo ecuménico de las iglesias, por su parte contribuyó también a una reflexión teológica renovada, especialmente vía su revista difundida en varios medios de la sociedad cubana. El Centro Martin Luther King, nacido en la misma época, contribuyó por sus obras y trabajos de reflexión a la creación de un otro clima, sin hablar del trabajo de base de varios grupos de cristianos para las víctimas del sida, por ejemplo. 

La actitud oficial cambió durante este período. El Congreso del Partido Comunista de Cuba suprimió las disposiciones que impedían a un creyente ser miembro del Partido. También nació en el seno de la Academia de las Ciencias el Departamento de Estudios sociorreligiosos. El promotor y su alma fue Jorge Calzadilla que realizó con su equipo un admirable trabajo de investigaciones  sobre las religión en Cuba, el catolicismo, las diferentes ramas del protestantismo, la iglesia ortodoxa, las varias religiones afrocubanas, tales como la Santería o la Regla de Ochá, la tradición espiritista de Alan Kardec, el budismo, el Islam. He tenido la suerte de ser asociado a este trabajo, prácticamente desde el inicio y quiero rendir un homenaje muy especial al fundador del Centro por su contribución a un mejor conocimiento del campo religioso de Cuba. Las reuniones internacionales que Calzadilla organizó sobre el tema, ayudaron a extender la red de contactos y a manifestar la presencia cubana en este sector del conocimiento científico. 

El aporte del conjunto de estos trabajos ayudó a clausurar la era de las certidumbres. Por una parte se salió de la imagen de las religiones como factores de retroceso social sin, por tanto, abandonar una posición crítica y por otra parte, la referencia clara al marxismo como metodología de interrogación de lo real, impidió caer en un posmodernismo reductor de la realidad. Pero también se manifestó así el hecho de la pluralidad religiosa y la necesidad de la tolerancia y del diálogo, no solamente ecuménico, sino interreligioso. Así se comprueba que el enfoque científico también tiene funciones sociales que no podemos ignorar y una sociología de la sociología nos lo enseña. 

Evidentemente, el peso del tiempo hace que las etapas no se desarrollan como procesos claramente definidos. Conflictos, tensiones internas, regresiones han tenido lugar. Las certidumbres no se eliminan por decreto. 

4. El período especial 

Al principio de los años 90, la combinación de la caída de la Unión Soviética junto con un bloqueo acentuado de parte de los EE.UU., llevó al país a una situación dramática. El PIB, como sabemos, cayó en más del 30 %. Eso ha tenido su impacto sobre el panorama religioso. Un estudio del Departamento de Estudios sociorreligiosos del CIPS lo demuestra claramente. 

La “demanda religiosa” aumentó y favoreció a todos los grupos religiosos. El número de bautismos creció, nuevos movimientos religiosos, en particular pentecostales, se multiplicaron, las religiones de origen africano salieron de su semiclandestinidad histórica, las devociones populares (San Lázaro) tomaron una nueva dimensión. Todo eso confirma la tesis del sociólogo Max Weber sobre el vínculo entre situaciones sociales y pertenencia religiosa. Sin embargo, se debe evitar dar una interpretación exclusivamente funcionalista del fenómeno. Otros elementos jugaron también un papel, como la búsqueda de un nuevo sentido global de la existencia por parte de militantes políticos y una actitud de mayor apertura y diálogo por parte del gobierno y del Partido. 

Es durante este período que se realizó la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba. Su resultado positivo, el reconocimiento mutuo de los dos líderes, fueron el fruto de la evolución empezada desde la década de los 80. La actitud leal, aun a veces crítica, de varios intelectuales cristianos como Cintio Vitier, el teólogo protestante Adolfo Ham, o el padre Carlos Manuel de Céspedes, entre otros, había contribuido a construir poco a poco  un clima general diferente. Acciones exteriores de solidaridad con Cuba, como la de los Pastores por la Paz en los EE.UU., fueron también factores de evolución por una mejor apreciación mutua. 

Una señal muy importante fue la reacción de todos los grupos religiosos al momento de la enfermedad de Fidel. La Conferencia Episcopal católica publicó una carta pastoral, pidiendo oraciones por la salud de Fidel, por el nuevo gobierno encabezado por Raúl, afirmando además que ninguna intervención extranjera sería tolerable. Un acto de oración se organizó en la catedral anglicana, con varios grupos cristianos, protestantes y ortodoxos y los tambores de los cultos afrocubanos se hicieron escuchar en testimonio de preocupación y de solidaridad. 

5. La incertidumbre asumida 

En los dos lados, de la Revolución y de la religión se inició un período de incertidumbre asumida. Ciertamente, las circunstancias históricas ayudaron a crear esta nueva situación. Por una parte, la Revolución tiene que innovar para seguir. El socialismo se construye y no se decreta. Asumir las incertidumbres requiere un gran rigor intelectual y una ética a todos los niveles de responsabilidad. Por otra parte, ninguna  religión es  hegemónica en la sociedad, ni capaz de imponer certidumbres. La pluralidad religiosa es un hecho en Cuba, como en el conjunto del continente. La fe es una apuesta y no una evidencia. Aceptar la incertidumbre es condición de su existencia. 

Sin embargo, asumir las incertidumbres no significa la ausencia de parámetros. A la base de todo se inscribe la continuidad de la vida en todas sus dimensiones, física, biológica y cultural, personal y colectiva. Frente a la crisis de civilización, este parámetro se traduce en cuatro orientaciones de base. Primero, una relación de respeto de la naturaleza frente a una catástrofe ecológica que nos prepara su explotación como puro instrumento de lucro y que conduce a la desaparición de muchas especies vivas y a la muerte de millones de seres humanos. La madre Tierra, fuente de vida, fruto de una obra creativa, cualquier sea su representación, no puede ser solamente un recurso, porque los seres humanos viven en simbiosis con ella. 

Un segundo  aspecto es una economía que responda a las necesidades de todos los seres humanos, en un mundo donde más de 800 millones de personas sufren de hambre o de malnutrición. Significa pasar de una economía que privilegia el valor de cambio a la valorización del valor de uso, lo que contradice la lógica del capitalismo. En tercer lugar, la traducción práctica del parámetro central de la continuidad de la vida exige una democracia generalizada de todas las relaciones humanas. Y finalmente se trata de asegurar la multiculturalidad, permitiendo a todas las tradiciones de pensamiento, todos los saberes, todas las religiones contribuir a esta tarea común. De verdad, estas últimas, de una manera u otra, aluden al sentido de la totalidad, es decir, la armonía entre el cosmos y el género humano y a la importancia de la subjetividad, lo que puede contribuir a la construcción concreta del parámetro. 

Y de hecho responder a esta exigencia es construir el socialismo. Es la tarea de todos. Se trata de la utopía necesaria que tiene de inspirar las nuevas generaciones. El 19 de julio pasado estuve en Nicaragua para la celebración del aniversario de la Revolución Sandinista. Había más de 100 mil personas en la plaza. Hugo Chávez estaba presente y me dijo: “Mire esta plaza, que antes se llamaba plaza de la Revolución y ahora plaza de la Fe. De hecho es la misma cosa.” De verdad la contrarrevolución que precedió el nuevo poder sandinista, había cambiado el nombre, en el marco de una lucha semántica. Pero Chávez tenía razón, no que el contenido de los dos conceptos sea lo mismo, sino el enfoque. Una revolución que no construye las bases de la vida, incluida su ética, pierde su sentido. Una fe que no inspira el compromiso por la vida de la humanidad, cultiva la ilusión. 

El tiempo de las incertidumbres no es el fin de las utopías; ni la muerte de la esperanza. Quiero afirmar como convicción, en tanto que sociólogo de la religión, pero también en tanto que creyente y comprometido con la Revolución.

La Habana, 30 de septiembre de 2008

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