¿Son confiables las personas ateas?

“Si Dios ha muerto, todo está permitido”. Fiodor Dostoievski

De acuerdo con un estudio publicado el mes pasado en la Revista de la Personalidad y de la Psicología Social (Journal of Personality and Social Psychology), intitulado Do you believe in atheists? Distrust is central to anti-atheist prejudice, las personas ateas son las personas menos gustadas en los lugares donde existen mayorías religiosas, es decir, en la mayor parte del mundo.

El estudio sugiere que este prejuicio anti-ateo está particularmente motivado por la desconfianza, pero está no sería más que una explicación tautológica, antes bien tendríamos que preguntarnos: ¿Qué genera y activa tal desconfianza?

Es prácticamente de sentido común, al menos en el caso costarricense, el creer que las personas ateas, en tanto ateas, no tienen moral y que, en virtud de tal carencia, pueden hacer lo que se les venga en gana cuando les venga en gana. Estas no tendrían razón alguna para seguir y respetar normas sociales de convivencia, tales como el respeto a la vida, la cooperación, la solidaridad, etc. Una persona atea, al no creer en Dios, tampoco creería en el castigo divino, y por ende, tampoco se sentiría culpable por las consecuencias de sus acciones, pero: ¿Es acaso la coerción divina (la culpa y el castigo) el único y más deseable fundamento del comportamiento moral? ¿Son incapaces las personas ateas de establecer vínculos de cooperación y solidaridad, así como de tener algún tipo de comportamiento ético para desenvolverse en la vida social?

En la investigación a la que aludimos se plantearon una serie de preguntas y escenarios a 350 estadounidenses adultos y casi 420 estudiantes en Canadá. Los resultados arrojaron que según estas personas los ateos son el grupo social menos confiable, comparable con los violadores. Esto muy a pesar de que los ateos no representan un grupo organizado, numeroso, ni mucho menos homogéneo. A nivel político apenas se hacen sentir y tampoco realizan campañas (cuasi) religiosas para atraer personas a sus filas como si se tratasen de una nueva secta o religión.

Los autores del artículo de hecho señalan que esta creencia solamente puede ser el resultado de un prejuicio, no de expectativas racionales fundadas en la probable conexión entre religiosidad y comportamiento prosocial. Según ellos, la desconfianza mostrada hacia las personas ateas excede por mucho cualquier evidencia al respecto, así por ejemplo, equiparar moralmente los ateos con los violadores no tiene absolutamente ningún fundamento empírico. Además, según los autores, existen múltiples motivaciones para el comportamiento prosocial, de las cuales la creencia religiosa solamente parece ser una de ellas en contextos particulares, pero está lejos de ser la única fuente disponible. Las personas ateas no dependen de las creencias religiosas, al menos confesas, para comportarse de acuerdo a principio éticos de convivencia en sociedad.

De todas maneras, aún cuando existiese una fuerte correlación entre religión y comportamiento prosocial, esto no le daría sustento racional al prejuicio anti-ateo. Antes cabría preguntarse, tal como señala el artículo, qué acontece en las sociedades no-religiosas. La religión pudo haber sido alguna vez, tal como lo observó Durkheim, un  poderoso elemento de cohesión social, pero lo cierto es que en la actualidad no es la única fuente y en muchos lugares del planeta ha dejado de ser preponderante en este respecto. En los países escandinavos, señalan los autores, la religión ha pasado a ser una curiosidad histórica al tiempo que el Estado provee de los servicios más vitales a la ciudadanía. Diversas investigaciones han mostrado que en contextos como este los conceptos de justicia seculares son tan efectivos como la idea de un Dios que todo lo ve en la consecución de comportamientos prosociales.

Sin duda un tema que amerita una profunda discusión e indagación empírica en nuestro país y el mundo. Es menester recordar antes de despedirnos, que la religión, no obstante su potencial unificador, también ha sido un instrumento de profunda separación, un excelente vehículo del odio y la intolerancia, y como prueba de ello encontramos todas las guerras y masacres libradas en nombre de Dios, la exclusión manifestada hacia las personas sexualmente diversas, y ahora este prejuicio infundado, chispa del odio, en relación a las personas ateas. Recordemos que un prejuicio puede resultar mucho más dañino que el objeto del mismo.

A continuación les ofrecemos el artículo completo:

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