Tres pasos hacia una antropología histórica del neoliberalismo real (1era parte) ~ Loïc Wacquant

La antropología del neoliberalismo se ha polarizado entre un modelo económico hegemónico anclado por variantes del dominio del mercado y un enfoque insurgente, alimentado por derivaciones del concepto foucaultiano de gubernamentalidad. Ambas concepciones oscurecen qué es lo “neo” del neoliberalismo: el rediseño y redespliegue del estado como el actor central que impone las leyes y construye las subjetividades, las relaciones sociales, y las representaciones colectivas adecuadas para hacer realidad los mercados. Basado en dos décadas de investigaciones de campo en la estructura, en la experiencia, y en el tratamiento político de la marginalidad urbana en la sociedad avanzada, propongo una vía media entre estos dos enfoques, que interpreta al neoliberalismo como una articulación del estado, el mercado y la ciudadanía que emplea al primero para imponer el sello del segundo sobre la tercera. El concepto de campo burocrático de Bourdieu nos ofrece una herramienta poderosa para diseccionar la renovación del estado como un aparato de estratificación y clasificación conduciendo la revolución neoliberal desde arriba y sirve para proponer tres tesis: 1) el neoliberalismo no es un régimen económico sino un proyecto político de creación de un estado que ponga al “workfare” disciplinario, el “prisonfare”[1] neutralizador y la “responsabilidad individual” al servicio de la mercantilización; 2) el neoliberalismo implica una inclinación derechista de las agencias burocráticas que definen y distribuyen los bienes públicos y genera un estado-centauro que practica el liberalismo en la cumbre de la estructura de clases y el paternalismo punitivo en base; 3) el crecimiento y la glorificación del ala penal del estado es un componente integral del Leviatán neoliberal, de modo que en la antropología política del dominio neoliberal se deberá introducir a la policía, los tribunales y las cárceles.

Hace unos veinte años emprendí una serie de investigaciones de campo en la estructura, en la experiencia, y en el tratamiento político de la pobreza urbana en la sociedad avanzada, centrada en la suerte del gueto negro americano luego del reflujo del movimiento por los derechos civiles y en la transferencia de las periferias de la clase obrera de la metrópolis europeas occidentales, como se ilustra con la decadencia de las banlieues del “cinturón rojo” de Francia, bajo la presión de la desindustrialización. Llevé a cabo un estudio etnográfico en medio de una verdadera desolación del histórico lado sur de Chicago y en los difamados proyectos habitacionales de La Courneuve, con el telón de fondo del paisaje dualizador de la periferia parisiense. Y desplegué las herramientas de la comparación analítica para desentrañar el surgimiento de un nuevo régimen de “marginalidad avanzada”, impulsado por la fragmentación del trabajo asalariado, el retroceso del estado social, y la propagación de la estigmatización territorial. No tenía entonces la menor idea de que esta investigación sobre la situación verdaderamente crucial de los Los Condenados de la Ciudad del nuevo siglo (Wacquant, 2008a) me llevaría desde las calles del hipergueto al interior profundo de las entrañas del gargantuesco sistema carcelario de Norteamérica y de ahí a la controvertida cuestión del neoliberalismo y la creación del estado a una escala global (Wacquant, 2009a). En este texto vuelvo sobre mis pasos resumidamente en este recorrido intelectual desde la micro-etnografía de los empleos precarios postindustriales hacia la macro-sociología del Leviatán neoliberal a principios del siglo XXI para proponer las tesis de una antropología histórica del neoliberalismo realmente existente.

Para elucidar las determinaciones y modalidades de la relegación en las metrópolis americanas a fines del siglo XX, tuve que hallar la solución para dos importantes obstáculos epistemológicos: el mito académicamente coaligado de la “underclass”, esa nueva subcategoría de los negros pobres que supuestamente asolarían el centro la ciudad, y la antigua retórica de la “desorganización” heredada de la escuela ecológica de la sociología urbana (ver Wacquant, 1996 y 1997 para críticas detalladas de estos dos conceptos). Para eludirlos, llevé a cabo un trabajo de campo sobre las estrategias de vida de jóvenes afroamericanos en Woodlawn, un sector de los vestigios del “Bronzeville” de Chicago (Drake and Cayton [1945], 1993). Mediante una serie de circunstancias narradas en otros lugares, ingresé a un gimnasio de box local, aprendí el arte del boxeo profesional, y utilicé el club como trampolín para aventurarme en el vecindario (Wacquant, [2000] 2004) y reconstruí mi comprensión del gueto desde la base y desde adentro[2].

Estudiando las historias de vida de mis compañeros del cuadrilátero, pronto descubrí que casi todos ellos habían pasado por la cárcel, de modo que, para explicar sus trayectorias, tuve que comprender el “gran salto penal hacia atrás” que transformó a los Estados Unidos, que era un modelo del penalismo progresivo durante la década de 1960, en el campeón mundial de la encarcelación y exportador mundial de las políticas de control agresivo de la delincuencia hacia la década de 1990 (Wacquant, 2009b). Describiendo el auge carcelario de Norteamérica luego de 1973, se evidenció que el acelerado retroceso del bienestar social, que llevaría a la tristemente célebre “reforma del bienestar” de 1996, y la explosiva expansión de la justicia penal, donde dos cambios hacia la regulación punitiva de la pobreza racializada convergentes y complementarios; el workfare disciplinario y el prisonfare punitivo vigilan a las mismas poblaciones desposeídas y desahuciadas, desestabilizadas por la disolución del pacto fordista-keynesiano y concentradas en los barrios menospreciados de la ciudad polarizadora; y que poniendo a las fracciones marginadas de la clase obrera postindustrial bajo un tutelaje severo guiado por el conductismo moral ofrece un escenario teatral principal en el que las elites gobernantes pueden proyectar la autoridad del estado y apuntalar el déficit de legitimidad que sufren cada vez que abandonan las encomendadas misiones de protección social y económica.

Esto se confirmó en los noventa, cuando a lo largo de Europa Occidental un gobierno de izquierda tras otro elevó a la lucha contra el delito callejero al rango prioritario nacional en las mismas zonas urbanas donde la inseguridad social y la contaminación espacial se iban profundizando al ritmo de la normalización de la desocupación y el empleo precario. Siguiendo las trayectorias internacionales de la vigilancia de “tolerancia cero” y las diversas consignas y panaceas penales “made in USA” (la llamada teoría de las ventanas rotas, sentencias mínimas obligatorias, campos de reclutamiento militar para delincuentes juveniles, negociaciones extrajudiciales, para que el acusado acepte cierto grado de culpabilidad a cambio de no ser juzgado por un delito más grave, etc.) revelaron un modelo característico de propagación sucesiva y una interconexión funcional por la que las políticas de desregulación económica, workfare vigilado, y una justicia penal punitiva, tienden a caminar y florecer juntas (Wacquant, 2011). En suma, la penalización de la pobreza surgió como un elemento central para implementar localmente y propagar a través de las fronteras al proyecto neoliberal; el “puño de hierro” del estado penal asociándose con la “mano invisible” del mercado, mientras se erosiona la red de seguridad social. Lo que comenzó como una investigación en las duras condiciones cotidianas del sector del empleo urbano precario a nivel básico en el área céntrica y degradada de Chicago y las afueras de Paris terminó de este modo con el enigma teórico del carácter y de los elementos constituyentes del neoliberalismo a escala planetaria.

Dominio del mercado versus gubernamentalidad

Esta peregrinación intelectual, entonces, ¿cómo nos sugiere que manejemos la categoría escurridiza, confusa y polémica del neoliberalismo, a la que algunos de sus más sagaces analistas llaman un “concepto tramposo”, buscando ansiosamente una especificidad y legitimidad analíticas?[3] Mientras que Hilgers (2011) define la antropología del neoliberalismo como configurada tríadicamente por los enfoques culturales, de gubernamentalidad y sistémicos (ver también Hoffman et al. [2006] y Richland [2009] para descripciones alternativas), yo la considero como polarizada entre una concepción económica hegemónica anclada por variantes (neoclásicas y neo-marxistas) del dominio del mercado, por un lado, y un enfoque insurgente alimentado por derivaciones libres del concepto foucaultiano de gubernamentalidad, por el otro. Estas dos concepciones han generado programas de investigación ricos y productivos, pero sufren de defectos paralelos: el primero es excesivamente estrecho, despojado de instituciones, y raya en lo apologético cuando acepta al discurso del neoliberalismo tal como aparenta ser; el segundo es abiertamente amplio y promiscuo, superpoblado por instituciones que proliferan, todas aparentemente infectadas por el virus neoliberal, y tiende hacia el solipsismo crítico. Para el primero, el neoliberalismo es la imposición lisa y llana de la economía neoclásica como el modo supremo de pensar y el mercado como el artilugio óptimo aunque inflexible para organizar todos los intercambios (por ej., Jessop 2002, Saad-Filho y Johnston 2005); para el último, es una racionalidad política maleable y mutable que se asocia con muchas clases de regímenes y se insinúa en todas las esferas de la vida, sin que haya ningún fundamento firme exterior sobre el cual oponerse a ella (por ej., Barry y Osborne 1996, Brown 2005). Curiosamente, estas dos concepciones coinciden en oscurecer qué es lo “neo” en el neoliberalismo, es decir, la recreación y redespliegue del estado como la institución central que crea las subjetividades, las relaciones sociales y las representaciones colectivas adecuadas para hacer real y relevante la ficción de los mercados.

El dominio de la concepción económica (no economicista) del neoliberalismo está bien probada (por ejemplo Campbell and Pedersen, 2001; Edelman/Haugerud, 2005; Gamble, 2006; Cerny, 2008). Para la vasta mayoría, de los defensores como de los críticos, el término designa al renaciente “imperio del capital”, para evocar el título de Ellen Meiksins Wood (2005), una reconstrucción materialista histórica de la sucesión de proyectos de origen territorial, comerciales y capitalistas del dominio imperial, siendo lo característico de este último que busca imponer los imperativos del mercado no sólo en todos los territorios, sino también en todas las actividades humanas. Esta visión soberana iguala al neoliberalismo con la idea del “mercado autorregulado”, y define al estado como encerrado en una relación enfrentada y equilibrada con él. Lógica e históricamente, la llegada del “fundamentalismo de mercado” implica la reducción de gastos, la retirada o la impugnación del estado, descrito como un impedimento para la eficiencia o como un mero instrumento que sirve para estimular la recuperada supremacía del capital. De este modo, de acuerdo a Colin Crouch (1997), la simultánea disminución de la clase obrera manual, el ascenso del capital financiero, la propagación de nuevas tecnologías de comunicación, y la liberalización de los movimientos económicos a través de las fronteras nacionales han abierto las puertas a una “forma de capitalismo cortoplacista y de mercado puro, libre de restricciones”. Las emergentes “condiciones del consenso neoliberal” incluyen el “abandono universal de las políticas keynesianas” y provocan “el vaciamiento del estado y la privatización cada vez mayor de sus funciones”. En forma similar, para David Harvey (2005: 3-4), “el neoliberalismo es en primer lugar una teoría de las prácticas económico-políticas que afirma que el bienestar humano puede lograrse mejor liberando las libertades y habilidades empresariales individuales en una estructura institucional caracterizadas por poderosos derechos a la propiedad privada, los mercados libres y el comercio libre. El papel del estado es crear y preservar una estructura institucional apropiada para dichas prácticas”. El giro hacia el neoliberalismo implica la combinación trinitaria de la “desregulación, la privatización y la retirada del estado de muchas áreas de prestaciones”. En la práctica, los estados sólo se desvían de las pautas doctrinarias del “gobierno pequeño” para alentar un clima favorable a los negocios para los esfuerzos capitalistas, para custodiar las instituciones financieras, y para reprimir la resistencia popular a la ofensiva neoliberal hacia la “acumulación por el despojo”.

Gran parte de la antropología del neoliberalismo consiste en trasladar este esquema a distintos países a lo largo del mundo o en llevarlo a la escala continental para controlar los aparatos culturales del (y las reacciones sociales contra el) dominio del mercado (por ejemplo, Comaroff/Comaroff, 2001; Greenhouse, 2009). América Latina es un lugar favorito, seguido por los países del antiguo bloque soviético y de África. En su generalizador relato de “África en el orden mundial neoliberal”, James Ferguson (2006: 11) caracteriza como de costumbre al neoliberalismo como la retracción del estado en forma simultánea con la ampliación del mercado: “Coincidiendo con la filosofía económica del ‘neoliberalismo’, se predicaba que la eliminación de las ‘distorsiones’ estatales de los mercados crearían las condiciones para el crecimiento económico, mientras que la rápida privatización provocaría una afluencia de nuevas inversiones de capital privado”. Aquí la idea es sinónimo de las medidas económicas de “ajuste estructural” “que supuestamente harán retroceder a los estados opresivos y despóticos y liberarán a una nueva y vital ‘sociedad civil’ que será más democrática y económicamente más eficiente” (Ferguson, 2006: 38-39). Se trata de un término encubierto que se refiere a los cambios sociales acarreados, a la resistencia popular y a las adaptaciones cotidianas a la austeridad y a los programas privatizadores conocidos también como “el consenso de Washington” (Williamson, 1993).

Contra esta visión “nítida” del neoliberalismo como un todo coherente, si no monolítico, los estudiosos de la gubernamentalidad ofrecen una visión “desordenada” del neoliberalismo como un conglomerado fluido y flexible de ideas calculadoras, estrategias, y tecnologías, con el objeto de influenciar a las poblaciones y las personas[4]. Bajo esta óptica, el neoliberalismo no es una ideología económica ni una propuesta política sino una “normatividad generalizada”, una “racionalidad global” que “tiende a estructurar y organizar, no sólo las acciones de los que gobiernan, sino también la conducta de los mismos gobernados” y hasta su auto-imagen de acuerdo a los principios de la competencia, la eficiencia y la utilidad (Dardot/Laval, 2007: 13). Los académicos de la gubernamentalidad insisten en que los mecanismos de dominio no están localizados en el estado sino que circulan a lo largo de la sociedad, así como a través de las fronteras nacionales. En consecuencia, trabajan transversalmente para rastrear la propagación y la concatenación de las técnicas neoliberales para “conducir conductas” a través de los múltiples sitios de autorrealización, incluyendo el cuerpo, la familia, la sexualidad, el consumo, la educación, las profesiones, el espacio urbano, etc. (Larner 2000). También les gusta mucho destacar la contingencia, la especificidad, la multiplicidad, la complejidad y las combinaciones interactivas (calificadas de maravillosas por el latiguillo (que parece deleuziano) de “assemblages”): no hay un Neoliberalismo con N mayúscula sino una cantidad indefinida de neoliberalismos con n minúscula nacidos de la hibridación en curso de prácticas e ideas neoliberales con las condiciones y formas locales. Este enfoque es llevado a un extremo por Aihwa Ong en su influyente serie de ensayos sobre Neoliberalism as Exception en el este asiático, en el que ella sugiere “estudiar el neoliberalismo no como una ‘cultura’ o una ‘estructura’ sino como técnicas móviles y calculadoras de gobierno que pueden ser descontextualizadas de sus fuentes originales y re-contextualizadas en constelaciones de relaciones mutuamente constitutivas y contingentes” (Ong 2007: 13).

La tendencia analítica a extenderse más allá del estado y pasar por encima de los dominios institucionales es fructífera, como lo es la idea de que la neoliberalización es un proceso productivo, más que sustractivo, que se extiende desde la economía. Pero localizar este proceso en la migración de tecnologías “maleables” de conducta que son “realineadas” y “transformables” constantemente mientras se desplazan es algo problemático. Primeramente, no está claro qué hace una tecnología de conducción neoliberal: ciertamente, esas técnicas burocráticas como la inspección, los parámetros de desempeño, y puntos de referencia (favoritos de la antropología neo-foucaultiana del neoliberalismo) pueden ser usadas para fortalecer o fomentar otras lógicas. En forma similar, no hay nada sobre las normas de transparencia, responsabilidad y eficiencia que las haga necesariamente propulsoras de la mercantilización: en China, por ejemplo, han sido desarrolladas para perseguir fines no lucrativos y para reinscribir ideales socialistas (Kipnis, 2009). El problema con el enfoque de la gubernamentalidad es que su caracterización operativa del neoliberalismo como “dominio calculador” (Ong, 2007: 4) es tan poco específica como para que sea coetánea de cualquier régimen mínimamente competente o con las fuerzas de la racionalización e individualización características de la modernidad occidental in globo[5]. Por último, a medida que las tecnologías de conducción “migran” y “mutan”, se halla que el neoliberalismo está en todos lados y al mismo tiempo en ninguno. Se convierte en un todo proceso sin ningún contenido; se halla en una forma fluida sin sustancia, patrón ni dirección. Finalmente, entonces, la escuela de la gubernamentalidad nos ofrece una concepción del neoliberalismo tan endeble como la que ofrece la ortodoxia económica, a la que aspira a superar.

El neoliberalismo como la forja de un estado que impone al mercado

Mi sugerencia es trazar una via media entre estos dos polos, que reconoce que, desde su incubación intelectual por el Colloque Lippman en Paris 1938 y el “colectivo de pensamiento” transnacional anclado por la Société du Mont-Pélerin luego de 1947 (Denord. 2007), a sus distintas encarnaciones históricas durante las décadas finales del siglo XX, hasta su paradójica reafirmación luego de la crisis financiera del otoño de 2008, “el neoliberalismo ha sido siempre un proyecto de final abierto, plural y adaptable” (Peck, 2008: 3), pero que sin embargo tiene un núcleo institucional que lo distingue y hace reconocible[6]. Este núcleo consiste en una articulación del estado, el mercado y la ciudadanía que controla al primero para imponer el sello del segundo sobre la tercera. De modo que debemos introducir estas tres instituciones en nuestro ámbito analítico. No estoy de acuerdo con las concepciones del neoliberalismo centradas en el mercado porque priorizo los medios (políticos) sobre los fines (económicos); pero me diferencio de la estructura de la gubernamentalidad porque priorizo la elaboración estatal por encima de las tecnologías y las lógicas no estatales, y me concentro en la forma en que el estado rediseña con efectividad los límites y el sentido de la ciudadanía a través de sus políticas. De acuerdo a ello, recomiendo que efectuemos un triple desplazamiento para anclar la antropología del neoliberalismo, comprendido no como una doctrina económica invasiva o técnicas de dominio que se propagan sino como una constelación política concreta: de una “endeble” concepción económica centrada en el mercado a una “sustancial” concepción sociológica centrada en el estado que especifica la maquinaria institucional implicada cuando se establece la dominación del mercado y su impacto operativo sobre los miembros reales de la sociedad. Afirmo que el escasamente conocido concepto de campo burocrático de Bourdieu ([1993] 1994) ofrece una herramienta flexible y poderosa para comprender la recreación del estado como una máquina de estratificación y clasificación que está conduciendo a la revolución neoliberal desde arriba. Este cambio puede ser explicado en tres tesis.

Fuente: Revista Herramienta


[1] Workfare: designa programas de asistencia pública a los pobres que hacen de la recepción de la ayuda un beneficio personal condicionado a la aceptación de trabajos con bajos salarios o al compromiso en una actividad dirigida al empleo, tal como un entrenamiento laboral o búsqueda de empleos. Prisonfare es un término que introduje por analogía con “workfare” para designar programas de penalización de la pobreza mediante la elección preferencial de ésta como objetivo principal, y el despliegue activo de la policía, los tribunales penales, y las cárceles (y sus prolongaciones: la libertad bajo palabra, las bases de datos penales y diversos sistemas de vigilancia) en (y alrededor de) los vecindarios marginalizados, donde se coaliga el proletariado postindustrial.

[2] Ver Wacquant (2009c) para una disección retrospectiva de las vinculaciones analíticas y los engranajes biográficos entre “El cuerpo, el gueto, y el estado penal”.

[3] “Desde la década de 1980, una perpleja mezcla de extralimitación y sub-especificación ha acompañado al inquieto dominio del concepto de neoliberalismo en la economía política heterodoxa. Al mismo tiempo, el concepto se convertido en un foco terminológico para los debates sobre la trayectoria de las transformaciones regulatorias posteriores a la década de 1980 y una expresión de los profundos desacuerdos y confusiones que caracterizan esos debates. En consecuencia, el “neoliberalismo” se ha convertido en algo así como un concepto tramposo, indiscriminadamente penetrante, aunque inconsistentemente definido, empíricamente impreciso y frecuentemente impugnado” (Brenner/Peck/Theodore, 2010: 283-284).

[4] Esta opinión se deduce de los escritos de Foucault y el curso de 1978-1979 en el Collége de France sobre The Birth of Biopolitics [Naissance de la biopolitique] (Foucault, 2004), que han inspirado un programa de investigación general sobre “gubernamentalidad” como el arte de formar a las poblaciones (sometimiento) y el yo (subjetivación). Los términos “gobernanza postsocial” y “liberal tardío” son usados a menudo como sinónimos de neoliberal (ver Dean [1999] para una supervisión y Rose / O’Malley / Valverde, 2006 para una defensa paradójica de un enfoque teórico que no se reconoce como tal). No hay lugar aquí para tratar los problemas en las propias formulaciones de Foucault sobre la gubernamentalidad y el neoliberalismo, y/o de su asociación, y mucho menos de sus derivaciones y su relevancia para los cambios históricos que se desarrollaron después de su muerte.

[5] Si el neoliberalismo es un conjunto variado de “tecnologías calculadoras” originadas en la economía que migraron a otras esferas de la vida social, entonces su fecha de nacimiento datan de 1494 con la invención de la contabilidad por partida doble (Carruthers/Espeland, 1991), y el gran teórico del neoliberalismo no es Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek o Milton Friedman sino Max Weber ([1918-20], 1978: 85-113, 212-226) para quien el dominio de la racionalidad instrumental ha separado a Occidente del resto, y aún más puesto que Weber le adjudica gran énfasis al concepto relacionado de Lebensführung, “régimen de vida”, en su sociología comparada de la religión.

[6] Esta es una exigencia lógica: para que las diversificadas especies locales de neoliberalismos surjan a través de la “mutación”, debe haber un género común del que derivan todos. Se deduce entonces que toda concepción de múltiples “neoliberalismos con n minúscula” necesariamente presupone, aunque sea implícitamente, un “Neoliberalismo con N mayúscula”, y a todo ejemplo periférico y parcial del fenómeno se lo puede caracterizar como tal sólo por referencia, abierta o encubierta, a un centro original más completo.

[7] El Geistkreis o “Círculo espiritual” era un seminario vienés informal de ciencia e ideas, fundado por Friedrich Hayek y Herbert Furth a principios de la década de 1920 (N. del T.).

[8] Esto lo subrayan Denord (2007) y Jamie Peck (2009: 3), quien rescata un temprano texto muy poco conocido de Milton Friedman (publicado en 1951 solamente en sueco) en el que el economista de Chicago explica: “el error básico fundamental del liberalismo del siglo XIX [fue que] apenas si le dio otra tarea al estado que la de mantener la paz, y prever que se mantengan los contratos. Era una ideología ingenua. Afirmaba que el estado sólo podía hacer daño [y que] el laissez-faire debía ser la regla”. Contra esta opinión, la “doctrina [del] neoliberalismo” afirma que “hay funciones verdaderamente positivas asignadas al estado,” entre ellas asegurar los derechos de propiedad, impedir el monopolio, asegurar la estabilidad monetaria y (lo más notable), “aliviar la pobreza y el sufrimiento agudos”. Peck (2009: 9) tiene razón en señalar que “el neoliberalismo, en sus distintos disfraces, siempre ha tratado de controlar y reutilizar el estado, a favor de la reforma de un ‘orden del mercado’ a favor de las corporaciones y de libre comercio,” pero no llega a hallar el factor endógeno de los medios institucionales recurrentes por los que el estado efectúa esta reforma.

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