Lo precario de la libertad – Roberto Murillo

Lo precario de la libertad[1]

Septiembre 25, 1968

I

Escribimos en esta página lo que, con frase de Nietzsche, se llamarían “consideraciones inactuales”. Pero, así lo creemos, no se trata de comentarios sin importancia aquí y ahora. Hay una forma de la actualidad que no es la de lo efimero ni la de lo cotidiano: lo permanente también es actual, y quizá con más razón que lo pasajero. Esta página, como innovación en el periodismo costarricense, apunta en ese sentido.

El problema de la libertad es permanente, por lo menos desde Prometeo. Muy pocas veces, sin embargo, se ha planteado con la radicalidad con la que lo presenta Dostoyevsky en Los hermanos Karamásov. Hay un pasaje  en esta novela genial en que Fiodórovich Karamásov cuenta a su hermano, Alíoscha, el argumento de un poema que había compuesto, titulado El Gran Inquisidor. En este poema se supone que Jesús se dignó a volver a la tierra en su forma mortal, precisamente en Sevilla, en la época de la Inquisición, al día siguiente de que ardieran en la hoguera un centenar de herejes. Jesús no dice palabra en todo el poema, pero el pueblo le reconoce, y florecen la plegaria y el milagro. El Gran Inquisidor también le reconoce, y en el acto le manda encarcelar. “Expira el día, llega la cálida, ardiente e irrespirable noche sevillana. El aire huele a laurel y azahar”. El Gran Inquisidor visita a Jesús, en su celda –ese Jesús a quien no se nombra más que con la palabra “EL” puesto que todos le reconocen sin que nadie lo conozca-. “¿Por qué ha venido a incomodarnos?”, pregunta el Inquisidor, anciano nonagenario, alto y flaco. Y es que el anciano sabe que Jesús fue tentado en el desierto, por el “poderoso e inteligente espíritu”, y sabe que Jesús no quiso ceder. Pero ellos, los Inquisidores, han comprendido hasta qué grado tenía razón el espíritu del desierto, y cuánto supo comprender la naturaleza humana. Por eso, Jesús ya no tienen nada que hacer: ellos han interpretado su doctrina sin desoír la voz del “terrible e inteligente espíritu”.

La primera de las tentaciones es aquella en que el espíritu del desierto le propone a Jesús convertir las piedras en pan. Jesús le responde de no sólo de pan vive el hombre. Él le ofrece a los hombres una insólita libertad espiritual en vez del pan. Un reino de otro mundo, en vez del que posee el “Príncipe de este mundo”. Pero los hombres, en su debilidad, se desesperarán un día de la justicia celestial e intentarán reconstruir en la tierra la Torre de Babel. La vida humana será formulada exclusivamente en términos del hambre y de la justicia, esa justicia cuya terrible ausencia obsesiona a Dostoyeksky en el sufrimiento de los niños. Jesús predicó algo demasiado para la criatura humana, según el anciano Inquisidor. Esta criatura en si miseria, está dispuesta a cambiar su libertad por pan, su amor por justicia, su Iglesia por Estado. El Gran Inquisidor ratifica este cambio, siempre que se haga en nombre de Jesús. Pero para eso es necesario que Jesús no hable. Por eso lo condena al día siguiente en la hoguera.

II

Septiembre 28, 1968 

El problema de la libertad se plantea en El Gran Inquisidor, en Los hermanos Karamásov de Dostoyevsky, en un tremendo monólogo del Gran Inquisidor con Jesús, prisionero en Sevilla. El Inquisidor le recrimina por no haber entendido las tres preguntas, llamadas tentaciones, del espíritu de este mundo.

Jesús no quiso reinar por el pan: la suya no es una religión de la producción. Y lugar del pan, dejo a los hombres la libertad de conciencia, puesto que su nuevo mandamiento no es, como los de la ley antigua, algo que pueda cumplir por un acto externo de comportamiento, susceptible de obligación y de derecho. Su nuevo mandamiento implica una transfiguración radical del alma, que desborda la moral y se adentra en la gracia. Quiere la donación de una espontaneidad.

Y he aquí que según el Inquisidor, que escucha al espíritu del desierto, eso es tan desproporcionado a la naturaleza humana como no haber comprendido que, para ella, el pan es lo primero. Hay que liberar al hombre del terrible fardo de su libertad. Karamásov dice: “… no hay para el hombre preocupación más grande como la de encontrar cuanto antes a quien entregar ese don de la libertad con que nace esa desgraciada criatura” y “…no hay nada más seductor para el hombre que la libertad de conciencia; pero tampoco nada más doloroso”. El hombre está hambriento de pan y sediento de obediencia, y por eso, podríamos agregar a lo que dice Karamásov, las épocas de libertad de espíritu, si existen, son tan breves. Por eso no dejaba de tener razón Freíd cuando decía que la ley (nomos) del Antiguo testamento fue muy brevemente sustituida por el amor (ágape) del Evangelio: la Iglesia-Estado de Constantino instaura un muy duradero reino de César.

La segunda tentación del desierto fue la del milagro: “Lánzate desde esta torre, y lo ángeles te protegerán”. Milagro de la técnica. La tercera, la del milagro del poder: “Adórame y entonces serás el príncipe de este mundo”. Pero Jesús no lo acepta, pues ya sabemos que más tarde habría de decir: “Bienaventurados los que sin haber visto han creído” y “Mi reino no es de este mundo”. El Inquisidor echa en cara a Jesús que no contento con no resolver el problema del pan, deja a los hombres sin una determinación clara y unívoca del sentido de la vida. “El misterio de la vida para el hombre no estriba solamente en el hecho de vivir, sino en vivir para algo”. Es tanto o más importante esto para el hombre que la misma subsistencia. Pero Jesús en lugar de fijarle el sentido le da libertad. “En vez de incautarte de la libertad humana, Tú la aumentaste y cargaste con sus sufrimientos el imperio espiritual del hombre para siempre. Tú querías el libre amor del hombre para que espontáneamente se siguiese, seducido y cautivado por Ti”.

El Inquisidor reemplaza el llamado de Jesús, que muy pocos hombres pueden oír, por una ideología de masas, basada en “el milagro, el secreto, y la autoridad”. Y sin embargo, Jesús no predicó para un grupo esotérico: fue por los caminos predicando lo más alto y lo más fino, lo que funda una hermandad antes de toda organización y de toda política: La Buena Nueva.

III

Septiembre 29, 1968

¿Se puede entender la leyenda del Gran Inquisidor de Dostoyevsky, que intentamos presentar en artículos anteriores, en el sentido de que la Buena Nueva no admite ninguna forma de poder ni de justicia? Esta interpretación, aunque muy halagadora para los gustos de la extrema derecha y de la extrema izquierda, no me parece acertada. Lo que sin duda admite es la confusión entre el orden de la gracia y el de la fuerza, entre el espíritu y el del número, entre Iglesia y Estado, entre libertad y necesidad. Apunta en el que la condición humana nos hace ciudadanos de dos reinos, uno de Dios y otro de César. Entre ellos no puede haber oposición en el mismo plano, porque el Reino de Dios está dentro de nosotros, de manera que como decía San Agustín, Dios es más interior a nosotros que nosotros mismos. El Estado, en cambio, expresa la paradoja de que la coerción se hace indispensable para lograr la libertad, o dicho en otros términos, de que sólo por la mediación de la exterioridad reconquista el hombre la interioridad. De que sólo quien pierde su alma la gana. El Estado no es, pues, un absoluto, y el politicismo integral es un vicio: en esto se puede estar de acuerdo con Hegel, cuya doctrina a este respecto se ve con mucha frecuencia tergiversada. Para Hegel, en efecto, el Estado pertenece al momento objetivo del espíritu, al cual sigue el espíritu absoluto: arte, religión, filosofía.

Iván Karamásov, el autor de la leyenda del Gran Inquisidor, partía del sufrimiento de los niños, del escándalo de la creación. Por este camino se puede llegar a un ideal de justicia, o la tiranía, que es, en el mejor de los casos, la justicia sin libertad. Este itinerario, ya esbozado por Dostoyevsky en sus novelas, especialmente en Demonios, se encuentra admirablemente descrito en el libro de Albert Camus, L’homme révolté. El hombre, que empieza por rebelarse frente a la injusticia cósmica y humana, termina por instaurar una tiranía, en que toda injusticia está permitida en nombre de una justicia futura cada vez más remota. Se suprime la “libertad” del asesino, pero se eterniza la “justicia” del verdugo.

¿Será imposible para el hombre luchar por la justicia sin alienar, de una manera quizá irreversible, la libertad, a cambio del pan y del poder? Los Inquisidores de todas las observancias, inspirados por el “terrible espíritu”, estarán siempre dispuestos a aceptar el trueque, racionando sin embargo el pan y asumiendo la delegación del poder. Estarán dispuestos a absolutizar un momento necesario, pero negativo, de la condición humana: el momento de la rebeldía.

¿Podrá tener presente el hombre que si la libertad sin justicia no tiene sentido, tampoco lo tiene la justicia sin libertad?

 


[1] Estancias del Pensamiento de Roberto Murillo.

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