Notas para pensar la diversidad cultural en Costa Rica y la construcción de un proyecto nacional alternativo

Notas para pensar la diversidad cultural en Costa Rica y la construcción de un proyecto nacional alternativo

Andrey Pineda Sancho

Resumen/introducción

El presente escrito busca, a través de un repaso histórico, reconstruir las raíces del proyecto nacional que se configuró en Costa Rica desde el momento de su independencia formal de España y que se mantiene vigente el día de hoy. Asimismo, muestra que este proyecto se montó, en lo fundamental, sobre la base de estructuras coloniales, por definición fundadas en principios de exclusión y jerarquización socio-cultural, según los cuales las diferencias solamente podían valer en tanto legitimadoras del colonialismo, de la dominación y de la explotación de unos grupos por otros. Por último, señala algunos de los obstáculos que han de enfrentar los incipientes proyectos nacionales alternativos en aras de la instauración de una nueva nación fundada en el pleno reconocimiento de la diversidad cultural.

De la constitución de la diferencia y la desigualdad culturales durante el período colonial

Desde su momento colonial constitutivo (Zavaleta, 2009), Costa Rica, en tanto comunidad política-cultural, se ha levantado históricamente, al igual que el resto de Centroamérica y de Latinoamérica en general, sobre una serie de procesos económicos, políticos y sociales cuyo común denominador ha sido la negación, invisibilización, o funcionalización de la diversidad cultural, de hecho, que ha atravesado al país desde sus orígenes (coloniales), cuando apenas era una provincia española, hasta el día de hoy; aunque por supuesto, a lo largo de todo este período este hecho se manifestó de diferentes formas.

Los procesos de conquista y colonización significaron la subyugación física y simbólica de las civilizaciones que habitaban, muchos siglos antes de la invasión hispánica, las tierras hoy conocidas como Costa Rica. Esto implicó no sólo la desaparición, en realidad aniquilación, física de millares de indígenas y la usurpación de sus tierras por parte de los ibéricos sino también, y fundamentalmente, su exclusión sistemática de las instancias de decisión relativas al porvenir tanto de sus propios destinos como de los destinos “compartidos” por todos los grupos socio-culturales que desde entonces habitan y desarrollan sus vidas en estos territorios.

No obstante, se trató de esta de una exclusión relativa, ya que al lado de ella se llevó a cabo una integración funcional de los diferentes grupos indígenas a la estructura social, específicamente al ámbito socio-laboral, en donde fueron obligados a participar como mano de obra esclava o semi-esclava, y por tanto, a contribuir con la generación global de riqueza; la cual finalmente era disfrutada casi exclusivamente por algunas categorías de españoles, criollos, y de mestizos europeizados. Igual o peor suerte sufrieron los contingentes africanos, quienes desde etapas muy tempranas de la colonia (Cáceres, 2000), fueron traídos por los españoles en calidad de esclavos para suplir los faltantes de “mano de obra” necesaria para sostener la producción de riqueza y la reproducción del régimen colonial.

Esta integración funcional de indígenas y afrodescendientes instauró una organización social, y consecuente distribución del poder, fundada en factores de índole racial, a partir de los cuales se justificó tanto la dominación y la explotación como la segregación y la exclusión de estos grupos socio-culturales de la mayor parte de los ámbitos de la vida social común del territorio. Bajo este estado de cosas, todos los pueblos indígenas y afrodescendientes fueron designados, respectivamente, con las categorías peyorativas de indios y negros; despojándoles así, al menos tendencial y oficialmente, de la diversidad que les era inherente y de su desarrollo autodeterminado.

Se trató este, por tanto, de un régimen jerárquico dominado por los grupos más cercanos al “tipo ideal” español o europeo, en el cual las diferencias socio-culturales solamente tenían cabida en tanto soporte del engranaje de dominación/explotación. Las diferencias positivas, esto es, la diversidad sociocultural emanada del despliegue semi-autónomo de formas de vida indígenas o afrodescendientes, en cambio, estaba por completo excluida de todo proyecto común, fuera este de índole política, económica, o cultural. El desprecio a estos modos de vida no-europeos o no-occidentales, y a todo lo desprendido de ellos, se convirtió en la pauta que marcó el devenir histórico de Costa Rica en lo sucesivo.

Ya avanzada la colonia, y los diferentes procesos de mestizaje, las poblaciones indígenas más autónomas, empezaron a ser confinadas a regiones inhóspitas, alejadas de los centros de poder; aunque muchas veces esto también ocurrió en virtud de su propio afán de supervivencia y arraigo a ciertos territorios. Esto sin duda les significó un nuevo proceso de exclusión (de la cosa pública) pero al mismo tiempo les brindó la oportunidad de persistir en su ser cultural y de desarrollarse de manera relativamente autónoma; lo cual era una ganancia dentro de los límites de un régimen desde el inicio empeñado en la negación de la autodeterminación de estos pueblos.

De la construcción de un proyecto nacional culturalmente homogeneizante

Llegada la independencia, en 1821, los pobladores de Costa Rica, hasta ese momento provincia española, se encontraron ante la tarea, algo impensada, de construir un Estado-nación independiente, un país, y por tanto, una comunidad política relativamente cohesionada, una nacionalidad y, por qué no, una serie de símbolos y mitos fundacionales orientados a conseguir tales fines. Como no pudo ser de otra manera, dada la impronta del régimen colonial, esta empresa estuvo dirigida, y prácticamente monopolizada, por los grupos hegemónicos del antiguo régimen, es decir, por criollos, mestizos europeizados, y aristócratas; ahora convertidos en republicanos.

Por supuesto, este nuevo proyecto nacional, para utilizar la adecuada terminología de Bonfil Batalla (1990), en términos culturales y de distribución del poder, no mostró un signo muy distinto al característico del antiguo régimen colonial. Occidente continuó siendo el modelo a seguir; de Europa se tomaron los arquetipos de Estado, nación, nacionalidad, nacionalismo, progreso, civilización, etc. Por tanto, las fuentes culturales no-europeas persistentes en los límites jurídicos y territoriales del naciente Estado, fueron nuevamente relegadas, negadas o invisibilizadas, y con ello, descartadas del proyecto nacional.

Este proyecto nacional, y el correlativo esfuerzo de imaginación de una comunidad nacional (Anderson, 1993), desde el comienzo se orientó a propagar la idea de una Costa Rica cultural, étnica y racialmente homogénea[1]; por supuesto, más cercana a Europa que a las civilizaciones autóctonas o a las provenientes de África, y por tanto, proyectada como una comunidad predominantemente blanca o criolla[2]. Con la propagación de esta creencia, se negó no sólo al sinnúmero de grupos socio-culturales históricamente subalternizados sino también las diferentes formas de mestizaje que de hecho se dieron entre todas las categorías sociales durante la época colonial, muy a pesar de su carácter jerárquico (Acuña, 2011). A partir de esta idea se construyeron las ideologías nacionales, el Estado, y toda la institucionalidad derivada de este; institucionalidad que al mismo tiempo se convirtió en el medio idóneo para consolidar y propagar el naciente proyecto nacional europeizante y el colonialismo interno (González, 2006; Rivera, 2010) que perviven aún hoy.

Se estableció de esta forma no sólo una idea falsa, aunque devenida verdadera en los imaginarios sociales, respecto de la composición étnica de los y las costarricenses, sino también una estructura violenta de segregación racial, étnica, y cultural. A indígenas y afrodescendientes les fue negada, muy a pesar de su pertenencia formal al Estado costarricense, la ciudadanía plena, y con ello, su derecho a la autodeterminación y a la reivindicación de sus formas de vida particulares. En el caso de los pueblos indígenas, de la diversidad de pueblos indígenas que fueron arrinconados en reservas, el contacto con las estructuras estatales, cuando lo hubo, solamente significó el sometimiento a relaciones de violencia cultural, en tanto se le trataba de inculcar los valores relativos a la idea de nación y nacionalidad de raigambre europea y colonial que se había difundido; valores que, como ya hemos visto, incluso se levantaban sobre la base de la oposición con respecto a las axiologías y ethos indígenas.

Sólo de manera muy reciente (a partir de los años 90), y a partir de una serie de luchas dadas por las propias poblaciones indígenas, se han puesto sobre la palestra de discusión pública algunos elementos relacionados con la injusticia histórica y la violencia cultural con la que ha operado desde su constitución el Estado costarricense y, particularmente, los grupos socio-culturales hegemónicos que le han dirigido y dado su carácter. Sin embargo, estos grupos siguen siendo reticentes a realizar cambios radicales relativos al reconocimiento y fomento de las particularidades culturales propias de los pueblos indígenas y con respecto al derecho a la autonomía o autodeterminación que estos grupos reclaman[3]. Los pocos cambios que se reportan hasta hoy en esta materia, o bien han sido el resultado de intensas luchas realizadas por los y las indígenas[4], o bien, el producto de “bienintencionadas” concesiones otorgadas por el propio Estado, diseñadas por burócratas, intelectuales y mestizos (occidentalizados) urbanos.

Por supuesto, los avances en materia del reconocimiento de la diversidad cultural constitutiva, resultado de diferentes tipos de mestizaje, de las propias poblaciones no-indígenas, también han sido mínimos, ya que aún se concibe “lo indígena”, “lo africano”, e incluso “lo asiático”[5], como elementos externos, folclóricos y muchas veces indeseables de la realidad cultural del país; esto, muy a contrapelo de lo realmente vivido a diario por la mayor parte de la población del país, la cual mantiene una serie de costumbres, creencias y formas de orientarse en el mundo nutridas por estas fuentes culturales.

En torno a la construcción de un proyecto nacional alternativo

Bajo este panorama marcado por la violencia cultural, es inevitable preguntarse por las condiciones de posibilidad fácticas relativas a las trasformación del estado actual de cosas, esto, desde una perspectiva decididamente intercultural orientada a la reivindicación y fomento de la diversidad cultural y de la participación política despojada de su carácter colonial, eurocéntrico y antidemocrático: ¿Es posible construir un proyecto nacional alternativo de signo inter y pluri-cultural valiéndose de la institucionalidad estatal que históricamente ha tendido a operar en sentido contrario a un proyecto tal? Una respuesta apresurada arrojaría un “sí” irreflexivo, sin embargo, la pregunta, dada su naturaleza no-retórica, requiere de una problematización más profunda y concienzuda.

En primera instancia, un proyecto tal debe enfrentarse al reto de cambiar el carácter estructural y culturalmente violento del Estado, el cual ha sido utilizado históricamente, en Costa Rica como en la mayor parte del mundo, tanto como un instrumento de dominación de clase (en el sentido marxista) como un vehículo de dominación colonial, racial, étnica y cultural; y por tanto, también el de lograr que las clases o grupos dominantes renuncien a la pretensión de instrumentalizar esta plataforma para canalizar sus fines de dominación, o bien, que del todo renuncien a cualquier pretensión de dominación/explotación. Esto implicaría, claro está, también la anulación del colonialismo interno y la subversión del orden de la distribución socio-cultural del poder de signo colonial (Quijano, 2000); lo cual introduce un elemento quizás más problemático y difícil de lograr desde los márgenes de acción de un Estado-nación, este es: la posición dependiente y subordinada que ocupa Costa Rica dentro del sistema-mundo capitalista.

Dentro de la problemática anterior se impone, por ejemplo, el peso que tiene hoy día la arremetida neoliberal en la constitución global de subjetividades y formas de vida en cada uno de los países que forman parte del sistema-mundo capitalista; subjetividades y formas de vida que tienden a ser incompatibles con la diversidad cultural, y particularmente, con aquellos ethos que no se ajustan a los “valores” dominantes del actual sistema tendencialmente global de producción/consumo (Fornet-Betancourt, 2000); valores dirigidos a la creación de un “sujeto único”, completamente apto para los fines económicos de la globalización neoliberal: un ser humano consumidor, productivamente eficiente y socialmente dispuesto a pensar/vivir en términos económicos (Hinkelammert, 2003). Los Estados nacionales latinoamericanos en buena medida han dispuesto su institucionalidad al servicio de este proyecto global, esto a través de acciones y políticas que perfectamente pueden ser calificadas como neocoloniales.

En segunda instancia, se presenta el desafío de que el proyecto nacional alternativo, si no quiere prescindir del Estado-nación, surja de un esfuerzo de concertación en el que participen todos y cada uno de los grupos socio-culturales que co-existen dentro de los límites territoriales y jurídicos del país. Esto requiere, entre otras cosas, que los grupos históricamente subalternizados tomen la palabra, exijan la palabra, y que los grupos históricamente dominantes se dispongan al diálogo franco y abierto, en procura de la consecución de una nacionalidad costarricense verdaderamente inclusiva, justa con la diversidad socio-cultural y radicalmente democrática.

Ahora bien, dados los limitantes estructurales que hemos visto en los párrafos anteriores, parece ser que la primera ruta para emprender este proceso no debe ni puede empezar, al menos en primer término, por el Estado ni por los grupos hegemónicos, sino que debe tener su punto de inicio en las luchas emprendidas por todos aquellos grupos inconformes con la vida política, económica y cultural que ha prevalecido en el país desde su momento colonial constitutivo.

Bibliografía

  • Acuña, María de los Ángeles (2001). Mestizaje, concubinato e ilegitimidad en la provincia de Costa Rica, 1690-1821. Cuadernos Inter.c.a.mbio. Año 8, No. 9, pp. 125-144.
  • Anderson, Benedict (1993). Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Bonfil, Guillermo (1990). México profundo: una civilización negada. México: Editorial Grijalbo.
  • Cáceres, Rina (2000). Negros, mulatos, esclavos y libertos en la Costa Rica del siglo XVII, México: Instituto Panamericano de Geografía e Historia.
  • González, Pablo (2006). El colonialismo interno. En Sociología de la explotación. Buenos Aires, Argentina: CLACSO, pp. 185-205.
  • González, Pablo (2006). El colonialismo interno [una redefinición]. En Amadeo, J.; Boron, A. y Gonzáles, S. (comp.) La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas. Buenos Aires, Argentina: CLACSO, pp. 409-434.
  • Fornet-Betancourt, Raúl (2000). Interculturalidad y globalización: ejercicios de crítica filosófica intercultural en el contexto de la globalización neoliberal. San José, Costa Rica: DEI.
  • Hinkelammert, Franz (2003). Solidaridad o suicidio colectivo. Heredia, Costa Rica: Ambientito-ediciones.
  • Quijano, Anibal (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En: Lander, Edgardo (comp.) La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Buenos Aires, Argentina: CLACSO, pp. 201-246.
  • Rivera, Silvia (2010). Pachakuti: Los horizontes históricos del colonialismo interno. En: Violencias (re) encubiertas en Bolivia. La Paz, Bolivia: La mirada salvaje, pp. 39-63.
  • Zavaleta, René (2009). Notas sobre la cuestión nacional en América Latina. En: La autodeterminación de las masas. Bogotá, Colombia: CLACSO/Siglo del Hombre Editores, pp. 357-371.

[1] Sabemos incluso que durante el período liberal, las clases dirigentes impulsaron una serie de políticas dirigidas al “blanqueamiento” étnico/racial de la población, tanto a través de la propagación de la ideología de la homogeneidad constitutiva del costarricense como del fomento de nuevas migraciones europeas hacia el país. Asimismo, es conocido que la construcción del “nosotros” nacional se levantó sobre la oposición, evidentemente ficticia, con respecto a un “otro” cultural y civilizatorio indígena. Véase: Soto, Ronald (1998). Desaparecidos de la nación”: Los indígenas en la construcción de la identidad nacional costarricense, 1851-1942. Revista de Ciencias Sociales, No. 82, pp. 31-53.

[2] No obstante el carácter marcadamente tendencioso e ideológico de esta creencia, lo cierto es que la evidencia histórica muestra que la población indígena, aún en el momento de la llegada de los hispánicos, nunca ha sido muy numerosa. Lo que sin duda no es veraz, es que no haya habido diversos tipos de mestizaje, ya que incluso se calcula que para el final de la colonia los ladinos constituían más de la mitad de la población. Véase: Solórzano, Juan Carlos (2008). La sociedad colonial 1575-1821. San José, Costa Rica: EUCR.

[3] Muestra suficiente de esta reticencia por parte del Estado, y los distintos gobiernos de turno, para reconocer la autonomía de estas comunidades es el estancamiento que ha sufrido, durante casi dos décadas, una ley que promovería el “desarrollo autónomo de los pueblos indígenas”; proyecto surgido del propio ingenio de los y las miembros de estas comunidades. Véase: Ortiz, Oriana (2013, 30 de mayo). Ley indígena lleva 19 años esperando ser aprobada. Recuperado el 19 de agosto de 2013, de http://www.elpais.cr/frontend/noticia_detalle/1/81811

[4] En la historia reciente del país es conocida la extraordinaria lucha dada por una comunidad indígena móvil (tico-panameña) en procura de obtener reconocimiento formal (ciudadanía) por parte del Estado costarricense. Véase: Ramírez, Karol (2011, 14 de noviembre). Indígenas ngöbes recuperan la memoria histórica de su cedulación. Recuperado el 20 de agosto de 2013, de http://www.uned.ac.cr/acontecer/index.php?option=com_content&view=article&id=1170:indigenas-gnoebes-recuperan-la-memoria-historica-de-su-cedulacion&catid=44:centros-universitarios&Itemid=66

[5] Durante la segunda mitad del siglo XIX el país reportó el ingreso de importantes contingentes de personas provenientes de China, esto con el fin de que estas se emplearan en labores agrícolas y en la construcción del ferrocarril al atlántico. Véase: Cohen, Lucy (2008). Emigración de chinos de Macao a Costa Rica, 1872-1873. Revista de Ciencias Sociales, No. 119, pp. 39-53.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s