Sexualidad: don y responsabilidad. Parte II: Análisis del comunicado

La presente entrada de nuestro blog está relacionada con una entrada anterior intitulada “Sexualidad: don y responsabilidad. Parte I”. En esta primera parte presentamos un pronunciamiento emitido por la Conferencia Episcopal de Costa Rica respecto de las nuevas guías sobre sexualidad implementadas por el Ministerio de Educación Pública, y también ofrecimos algunos insumos analíticos, de inspiración foucaultiana, adecuados para comprender el carácter de dicho pronunciamiento.

Esta segunda parte, por su lado, ofrece un intento de análisis del pronunciamiento, elaborado a partir de los insumos introducidos en la primera parte. No se trata de un análisis exhaustivo ni mucho menos acabado, sino de un ejercicio ilustrativo y dispuesto a la discusión.

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De la preocupación por la formación de la niñez, de la juventud y la adolescencia

Ya desde el primer párrafo del comunicado se hace patente una forma de expresión típicamente pastoral. Se trata de un grupo de Obispos (LOS Obispos de Costa Rica) cuya obligación es la de guiar a un rebaño, en este caso el pueblo costarricense, por la senda de la verdad; se infiere, en consecuencia, que este cuerpo sacerdotal se considera poseedor de una verdad plenamente verdadera (¿revelada por la divinidad?).

Por tanto, es una intención pastoral la que justifica el acto de hacer público su pensamiento respecto de las nuevas guías sobre sexualidad implementadas por el MEP. El pueblo costarricense, aquejado por una suerte de incapacidad moral que le impide discriminar entre lo que le es conveniente y lo que no, precisa de una guía que le permita solventar esta deficiencia. Misión abnegadamente asumida por los Obispos (“asumiendo una vez más nuestro grave deber de acompañar a nuestro Pueblo, para que éste permanezca en la verdad”).

Por otra parte, cuando los Obispos afirman dirigirse al Pueblo (“nuestro Pueblo”), en el acto revelan que conciben al pueblo costarricense como un gran laicado católico, es decir, como si se tratara de poblaciones equivalentes. Esto puede ser un resabio/añoranza de aquellos años en los que el catolicismo ejercía una influencia más o menos efectiva sobre la mayor parte de la población, pero sin duda deja ver un profundo desconocimiento (¿intencionado? ¿conveniente?), por parte de estas autoridades católicas, respecto de la realidad sociorreligiosa que prevalece hoy en el país.

Enseguida, enuncian los Obispos lo que parece ser el principal objetivo de su comunicado: “contribuir a la protección de nuestros niños, adolescentes y jóvenes”. A lo largo de todo el discurso se repite, con diferentes énfasis, esta intención protectora; intención que muestra con claridad el talante pastoral del comunicado. Los pastores deben velar por el bienestar espiritual y corporal de sus ovejas, sobre todo por el de las más vulnerables.

Niños/as, jóvenes y adolescentes representan, para los poderes hegemónicos, sectores que deben ser disciplinados en el momento preciso, en orden de evitar que se salgan del redil, que se vuelvan pecadores, delincuentes, improductivos, etc. Esto explicaría el interés pedagógico siempre exhibido por la Iglesia Católica; interés que de hecho ha ejercido, sea a través de la creación de sus propias escuelas y colegios o a partir de la penetración sistemática en los sistemas de educación pública. En el comunicado este interés se manifiesta en los siguientes términos:

“Todos nos preocupamos profundamente por el bien de las personas que amamos, en particular de nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Sabemos, de hecho, que de ellos depende el futuro de nuestra sociedad. Debemos, por tanto, preocuparnos por la formación de las futuras generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, por su salud, no sólo física sino también moral” (Benedicto XVI)”.

Se trata de una auténtica vocación orientada a la modelación (“formación de las futuras generaciones”) de subjetividades y comportamientos, no sólo individuales sino también poblacionales; se trata, por tanto, de una verdadera biopolítica.

Una concepción positiva de la sexualidad humana

En lo relativo a la sexualidad humana, el comunicado ofrece una concepción que en primera instancia podría ser suscrita por una gama muy variada de actores, ya que lejos de condenar la sexualidad le reivindica como un ámbito de suma importancia para la especie. Señalan los Obispos:

“La visión cristiana de la sexualidad no puede ser más positiva; ella es un donde Dios Creador, y la persona humana, haciendo uso correcto de ella misma, está llamada a parecerse a Dios, en cuanto que la sexualidad está destinada por Dios a ser sobre todo “lenguaje de amor”, y entonces también generadora de vida. No cabe separar el Amor de la Vida. Toda persona está llamada a la plenitud en la donación de sí misma en el amor”.

De acuerdo con esta perspectiva la sexualidad es un don, otorgado por Dios a la especie humana, que nos permite expresar amor, generar vida, y que en el mismo movimiento nos brinda la posibilidad emular a Dios, quien es amor y vida. Más adelante en el comunicado se refuerza esta idea, cuando se afirma que el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, es un ser esencialmente sexuado, “llamado a la donación de sí mismo en el amor”.

Como se observa, el discurso no remite, al menos en primera instancia, a las nociones de carne o pecado, sino que se levanta sobre un reconocimiento pleno de la sexualidad como consustancial al ser humano. Sin embargo, unas líneas más adelante los Obispos acotan los alcances de este reconocimiento:

“Si la sexualidad le es esencial al ser humano, esto nos lleva a afirmar que todo proceso educativo que pretenda ser integral, debe implicar necesariamente una educación sexual en todas sus dimensiones o aspectos, desde el físico-biológico al emocional, al afectivo, al religioso-espiritual, al moral…”.

Se colige del párrafo anterior que para estos ministros de Dios la sexualidad humana está compuesta por varias dimensiones que son, en tanto partes esenciales de un todo, inseparables. Estas son: la física-biológica, la emocional, la afectiva, la moral, y la religiosa-espiritual. Acá los Obispos no proponen únicamente una concepción positiva de la sexualidad, al mismo tiempo ponen a circular una serie de “verdades” antropológicas: lo humano, en general, involucra cada una de las dimensiones que forman parte de la sexualidad.

Lo interesante del planteamiento no reside, claro está, en su verdad objetiva, tampoco en su plausibilidad (¡que lo es!), sino en la verdad que promulga y en el tipo de subjetividades que pretende crear y/o reforzar. Es esta verdad antropológica de la que se valen los Obispos de la CECOR para adversar las guías sobre sexualidad y afectividad implementadas por el Ministerio de Educación Pública. ¿Qué tanto se diferencian las verdades antropológicas y sexuales promovidas por la jerarquía católica de las contenidas en las guías del MEP? ¿En dónde reside exactamente la divergencia?

Más adelante en el comunicado estos embajadores de Dios señalan que toda persona tiene derecho a recibir una educación sexual que involucre la totalidad de las dimensiones que le son propias (a la sexualidad y al ser humano). He ahí el motivo de la discrepancia: las autoridades eclesiales juzgan que las guías incumplen este criterio. Al respecto sentencian:

“No pretendemos aquí – por razones de brevedad – exponer todas las razones por las que juzgamos el Programa propuesto, gravemente dañino para nuestros adolescentes. Sin embargo, bastaría advertir que después de enunciar que la educación que ahí se propone pretende ser  integral, implicando también la dimensión espiritual, nunca se dice qué pueda significar tal dimensión ni es tenida en cuenta. Nunca se nombra a Dios, cuando la educación de valores tan altos como la afectividad y la sexualidad no pueden ser considerados “neutros”, es decir, desvinculándolos de la dimensión propiamente religiosa, como si lo son las matemáticas o la geografía…”.

Este fragmento hace más que evidente que el principal motivo de la divergencia reside en la no incorporación (al menos estricta), de valores, visiones y verdades de signo católico-clerical, por parte del equipo humano que diseñó las nuevas guías. De acuerdo con esta postura, el nuevo programa, que ciertamente pretende ser integral, vehicula una visión reduccionista de la sexualidad, fundamentalmente porque no menciona a Dios y porque no ofrece una definición clara (¿satisfactoria? ¿religiosa? ¿católica?) de espiritualidad.

Esta posición muestra que la integralidad defendida por los jerarcas católicos, en última y primera instancia, se encuentra subordinada a una de las dimensiones: la religiosa-espiritual. Curiosamente los Obispos reprenden al MEP por actuar de la misma forma:

“…en el Programa propuesto se nos ofrece una declarada preferencia por un enfoque descaradamente hedonista (la palabra placeres quizá la más repetida). Por otra parte la insistencia en la ideología[1] de género y en la diversidad sexual como “construcción cultural” se torna tan reiterativa que da la clara impresión de que se trata, en este punto, más de propaganda que de educación[2]”.

Nótese que ahora la argumentación pasa a un plano más confrontativo; ya que se arremete contra el reconocimiento del placer como dimensión integrante y sobresaliente de la sexualidad y contra las concepciones que reivindican el carácter modelado y contingente de las prácticas y de las normas sexuales.

Aparece de nuevo la carne (el placer) como un elemento que debe ser combatido, posiblemente a través del cultivo y ejercicio de la espiritualidad, o más específicamente, de la religiosidad católica clerical. Se observa, por tanto, la vigencia del dualismo cuerpo/alma, muy a pesar de los esfuerzos emprendidos por los miembros de la CECOR para ponerse a tono con ciertos saberes/poderes laicos contemporáneos que reivindican el cuerpo, como lo pueden ser ciertas corrientes propias de la psicología, hoy día tan en boga.

Sobre este último punto, es importante hacer notar que la Iglesia Católica ha desarrollado, a lo largo de los últimos decenios, diferentes estrategias para adaptarse tanto a los procesos de secularización y de pluralización religiosa (e ideológica) propios de la modernidad capitalista, como a los múltiples y deliberados esfuerzos dirigidos a la laicización de la esfera pública y, fundamentalmente, de las instituciones gubernamentales y estatales. Una de ellas: incorporar al discurso y a la práctica religiosa, elementos prácticos y discursivos propios de saberes emanados de las ciencias sociales y de las ciencias de la salud; saberes que, además de haber “usurpado” terrenos antes ocupados por “lo religioso”, hoy día cuentan con una gran demanda y legitimidad social.

Ciertamente muchas de estas estrategias no han sido elaboradas de manera plenamente consciente, y muchas de ellas no han sido exitosas, sin embargo, son las repuestas que han surgido desde la institución para atender, o al menos paliar, su pérdida de hegemonía cultural.

Algunas preguntas a la luz de lo examinado

Es evidente que la jerarquía de la Iglesia Católica conserva una “voluntad de poder” orientada a la producción y modelación generalizada de hábitos, normas y conductas. Esto en buena medida como producto del privilegiado lugar socio-cultural ocupado por la institución a lo largo de casi toda su historia; lugar que le ha permitido durante siglos incidir en el accionar de los poderes políticos “laicos”, y por tanto, en el carácter de los diferentes Estados y gobiernos. En el caso de Costa Rica, esta capacidad ostentada por la I.C ha estado presente desde la colonia y en buena medida se mantiene presente, sin embargo, hoy día esta parece estar experimentando un proceso de socavamiento.

Aunque la influencia católica parece mantenerse intacta en el plano de las relaciones Iglesia-Estado, o más específicamente en el plano de las relaciones entre los grupos que dirigen el Estado y la cúpula de la Iglesia, lo cierto es que esta ha mermado en no pocos ámbitos de la institucionalidad estatal, los cuales funcionan a partir de una lógica inminentemente secular; fenómeno cuasi “connatural” al Estado moderno y al modo capitalista de producción.

La biopolítica impulsada por el Estado moderno, por ejemplo, a través del control sistemático de la natalidad, ha incidido en la secularización de las subjetividades y de la cultura, ¿un país mayoritariamente católico utilizando métodos de planificación?

Otro síntoma de la pérdida de influencia del catolicismo, es el aumento, reportado por diversas encuestas, de la población católica no-practicante y de la población creyente no-católica en términos generales, ¿cómo podría el catolicismo  ejercer una influencia efectiva sobre las personas si estas no están expuestas de manera sostenida a las prácticas y discursos producidos por el cuerpo sacerdotal?

Históricamente lo ha hecho a través de su participación en el diseño de programas educativos, a través de las clases de religión (en realidad de catecismo) impartidas en los centros de educación pública, y mediante la creación de sus propias escuelas y colegios; no obstante, diferentes situaciones y decisiones le están dejando afuera de estos ámbitos, p.ej: una resolución emitida por la Sala Constitucional en el año 2010 que declara con lugar un recurso de inconstitucionalidad contra la Missio Canónica (derecho de la Conferencia Episcopal para nombrar seleccionar y nombrar al personal dedicado a la educación religiosa) y que entre otras cosas estipula la apertura de la educación en esta materia a otras expresiones religiosas presentes en la realidad costarricense.

El caso que inspira las presentes líneas es otro ejemplo perfecto de este retraimiento del influjo católico en la cultura y en la institucionalidad costarricense: las nuevas guías sobre sexualidad implementadas por el MEP fueron elaboradas sin la participación de miembros de la jerarquía católica; exclusión que hasta hace pocos años habría sido impensable en nuestro país.

Ante un panorama tal, ¿qué tanto alcance y asidero tendrán estos intentos católicos dirigidos a la producción de subjetividades, regímenes de verdad y normas/modelos de conducta?


[1] Este fragmento hace gala de un franco desprecio hacia aquellas propuestas antropológicas que conceden  primacía a la cultura en la modelación de nuestras formas de pensar, vivir, y de orientarnos en el mundo. La sexualidad, desde la perspectiva expresada aquí por los Obispos, no debería ser concebida como una materia susceptible de ser moldeada por los colectivos humanos, ya que esta ha sido diseñada de una vez y para siempre por Dios, y por tanto, no podría ser contingente, luego, el género es poco menos que una ideología.

 

[2] ¿Incluir a Dios como referente no es igual de propagandístico?

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