Marchas de blanco…marchas anti-vida ~ Luis Paulino Vargas Solís

El debate alrededor del TLC con Estados Unidos suscitó múltiples y diversas manifestaciones ciudadanas. El movimiento del “no” dio lugar a las marchas más grandes y concurridas. La gente del “si” organizó también algunas, en cualquier caso más pequeñas. Entre las unas y las otras había una diferencia cuantitativa pero, también, un clarísimo y contundente contraste cualitativo.

Las marchas del “no” eran desbordadamente diversas, creativas, imprevisibles, espontáneas. Las del “si” respondían a un formato homogéneo y preconcebido, lo que las hacía aburridas y monótonas. La diferencia quedaba claramente recogida en los colores: las del “sí” disciplinadamente uniformadas de blanco. Las del “no” en un riquísimo multicolor libérrimo y festivo. La diferencia de color, con todo y hacer manifiesta concepciones estéticas contrapuestas, sobre todo simbolizaban universos socioculturales diferenciados.

Las del “si” eran organizadas desde arriba: se realizaban por decreto expreso de las élites y del poder. La mayoría de quienes se movilizaban lo hacían por coacción ejercida por sus jefes o patronos, o por soborno, a cambio de un paseo en bus y un “diario” para aliviar las angustias económicas de la semana. Las del “no” se movilizaban porque les daba la gana, desde todos los puntos del territorio y las más diversas procedencias sociales, culturales, económicas e identitarias. Al cabo, ello se reflejaba en la estética de las marchas: el color, en primera instancia, pero mucho otros rasgos asociados: los carteles, la música, los bailes, las vestimentas, las cabelleras…

Las del “si” posiblemente obedecían a un diseño que algún “creativo” del negocio publicitario formulaba. Lo suyo resultaba una ridícula cacofonía estética frente al libre potencial creativo de cientos de organizaciones y miles y miles de personas que concurrían en las del “no”.

La vida es como esas marchas del “no”. Extremadamente creativa, plena de colorido y diversidad. Pongamos por caso ¿cuántas especies de aves hay en Costa Rica? En casa, en barrio San José de Alajuela carretera vieja hacia Grecia, acostumbramos poner frutas para las aves y otros animales silvestres que habitan ahí nomás, en las arboledas y cercanías del río Itiquís. Y por el comedero desfilan aves con los plumajes más diversos, en caleidoscopio maravilloso y deslumbrante. Como si la naturaleza se hubiese afanado en una búsqueda empeñosa de lo diverso. Y, en fin, ¿cuántos tipos de árboles hay en el pequeño territorio de Costa Rica? No solo los muchos tipos de árboles, sino el hecho incuestionable que un roble nunca es igual a otro; ni un higuerón a otro; ni un guapinol a otro. Y cada uno es hogar y refugio para animales y plantas infinitamente diversos. Simplemente ocurre que es imposible encontrar una cebra que sea igual a otra.

Las marchas que, por decreto emitido en las alturas, asumen un blanco uniforme son marchas anti-vida. O, como mínimo, son marchas que niegan la compleja riqueza de la vida. Es que son marchas convocadas por el poder: movilizan a quienes, ubicados en posición subalterna, han asimilado la dominación y la llevan encarnada en su piel y en sus vísceras. Su cuerpo, cartografiado por el poder, visibiliza su subalternidad en la alba y homogénea disciplina de su reglamentado desfilar.

La reciente marcha organizada por la iglesia católica responde coherentemente a ese patrón. Es una marcha convocada por los príncipes de la religión que, desde sus tronos clericales, administran los “bienes de salvación” (como les llama mi joven colega Andrey Pineda) con base en lo cual se intimida, en primera instancia, y luego se soborna. No hablo de quienes desfilaron, seguramente buenas personas, al menos en su mayoría. Probablemente seres humanos sobrecogidos por el misterio inherente a nuestra condición humana, en búsqueda de respuestas en una religión. Su fe merece todo mi respeto y siempre defenderé su derecho a vivirla con libertad.

Hablo, en cambio, de la concepción desde la cual la marcha fue concebida, a la ideología subyacente y el juego de símbolos que movilizó. Porque siendo una marcha convocada, diseñada y dirigida por el poder clerical, fue además una marcha que, por más que intentaran disimularlo, obedecía a un criterio negativo, pero, sobre todo, a un criterio anti-vida. Ya esto último quedaba evidenciado en su concepción estética, la cual niega la variedad multicolor

Pero, además, ello se refuerza en los mensajes centrales que fueron pronunciados: (a) la exigencia de que las leyes reconozcan una única forma de familia (la “tradicional”) y, por lo tanto, la violencia que niega la riqueza de un paisaje social poblado por formas muy diversas de familia; (b) la reiteración del mandato patriarcal y misógino que niega a las mujeres el más vital de los derechos: la posibilidad de decidir sobre su cuerpo y su sexualidad.

En ambos casos hay de fondo una misma problemática, que atiende a los resortes fundamentales en que se asienta el poder de esta institución religiosa: el control y la regulación sobre los cuerpos y la sexualidad. De ahí el rechazo a las parejas del mismo sexo y, en general, a la homosexualidad, como asimismo al aborto, ni siquiera cuando de por medio hay un embarazo que pone en riesgo la vida de la mujer o es el resultado de una violación.

Se está así a la defensiva intentando sostener un sistema de poder que se cae a pedazos, cuya eficacia depende de la vigencia de un orden de heterosexualidad obligatoria y de hegemonía masculina. Un orden patriarcal, pues, cuya reglamentación se origina en los mandatos emitidos por las jerarquías religiosas, y el cual se concreta en la “familia tradicional”, donde la mujer está despojada del control sobre su propio cuerpo, y donde la homosexualidad está proscrita en cuanto subvierte los patrones de género y sexualidad en que todo el sistema se asienta.

No importa si las realidades sociales no responden a este patrón. De lo que se trata es de pronunciar una norma e imponerla por encima de la vida concreta de las personas de carne y hueso. Ello quedó perfectamente claro en la homilía que pronunció uno de los obispos. Ello asimismo sintetiza la visión anti-vida en que se basa el poder de estas jerarquías.

En términos del evangelio, según la máxima pronunciada por Jesús: el sábado –o sea la norma- ha de ser para el ser humano; no el ser humano para el sábado. Los poderes clericales, muy a su conveniencia, invierten los términos.

Publicado originalmente en: 

http://sonarconlospiesenlatierra.blogspot.com/2013/12/marchas-de-blancomarchas-anti-vida.html

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