Un cardenal tico y el proselitismo religioso en universidades

Un cardenal tico y el proselitismo religioso en universidades

Dagoberto Núñez Picado

En un programa radiofónico vespertino tres mosqueteros de la palabra comentaron uno de los temas que titula este escrito. Sin estar leyendo, entre ellos, el Eco Católico pero como si lo estuvieran leyendo, ironizaron los conversantes sobre el modo de llevar ante la Curia –mediante una manifestación de un millar de católicos costarricenses– el reclamo en cuestión.

La broma –que para los venerables contertulios– no era más que eso, puede ser tomada en serio por las huestes católicas. No será la primera vez que el catolicismo articula un movimiento masivo para pedir desde la calle, demandas que consideran esenciales.

Lo hicieron, por ejemplo, en el caso de la “píldora del día después”, de la “fertilización in vitro”, de “las uniones gay”, etc. La institución católica ha demostrado que puede mover multitudes fervorosas de alguna petición por el estilo.  Su lema: defensa de la vida. Muy concentradas las jerarquías en la vida antes de la vida, y mucho menos en la calidad de vida, durante la vida.

Volviendo a la idea de que en toda Centroamérica no han faltado cardenales, comenzando por Obando y Bravo en Nicaragua y siguiendo por Maradiaga (Honduras), hasta llegar a Girardi en Guatemala, me lleva a la pregunta de los veteranos ¿por qué Roma no nombra cardenales ticos? Y esta pregunta, requiere de otra: ¿por qué es importante que Costa Rica tenga un cardenal tico?, ¿quién en Costa Rica, gana con eso?

Alguien dirá que un país que tiene más del 50% de católicos, puede aspirar legítimamente a ello. Alguna razón podría tener, pero si de números se trata vean nomás cuánto duró Roma para nombrar a un Papa latinoamericano, aunque este territorio aporta un porcentaje nada despreciable de católicos al mundo.

Los católicos podríamos caber apretaditicos en el territorio de la China, y aún ser chinos y no por eso podríamos ver alguna vez a un Papa con ojitos rasgados (digo el Papa, porque los chinos videntes, sí que pueden ver a un Papa, desde el punto de vista lógico digo yo). El problema cuantitativo es razón necesaria pero no parece ser razón suficiente.  Resulta que se trata de que ser cardenal apela a un puesto con una función  eclesiástica de alto rango dentro de la Iglesia católica; es el más alto título honorífico que puede conceder el papa a un mortal.

Quienes lo reciben se convierten en miembros del Colegio cardenalicio y son así “creados” mediante una ceremonia especial llamada “Consistorio público”.  La principal misión del Colegio de cardenales es elegir al Sumo Pontífice en caso de fallecimiento o renuncia del anterior; tal como –por vez primera– se le ocurrió al inge nioso Benedicto XVI.

La importancia de ser cardenal reside en que, en circunstancias habituales, el deber fundamental del Colegio cardenalicio es aconsejar al papa, en los asuntos más importantes del Estado Vaticano. Tampoco es accesorio que muchos cardenales gobiernan diócesis o archidiócesis importantes, o que presiden los organismos de la Curia Romana y participan activamente en la administración de la Santa Sede. Esto habla de la importancia estratégica de ser cardenal en el catolicismo. Históricamente estas designaciones obedecen a que en sus orígenes los cardenales eran clérigos al servicio de la diócesis de Roma, lo que dejó por costumbre que a cada cardenal designado por el Papa se le asigne un titulus, que puede ser un obispado sufragáneo (llamado “suburbicario”, etimológicamente “inferior en la ciudad”), o un título presbiterial o la diaconía de un templo de la arquidiócesis de Roma.

Ahora sí, leyendo el Eco Católico del Domingo 07 de Diciembre, en primera plana aparece la noticia “Católicos enfrentan intolerancia religiosa” y agrega el semanario “Ambiente hostil en universidades hace que estudiantes católicos vivan su fe casi en el anonimato”. Muestran, en fotografías, a dos estudiantes que dan testimonio de lo anterior dentro de la Pastoral Universitaria.  Como universitario que conoce algo en materia de la fe religiosa quiero señalar primero que –aquí y en Europa, así como en Estados Unidos de América– existen universidades privadas que promueven ciertos tipos de fe religiosa ligada a una tradición (en Costa Rica hay Universidad Adventista, Católica, Bíblica, etc.). También, en segundo lugar, es absurdo pensar que –en el ejercicio de su trabajo científico– las y los universitarios promovamos formar grupos de pensamiento religioso en lugar de fomentar el debate crítico de ideas filosóficas y científicas independientes.  No existe otro lugar en toda la estructura social para el desarrollo científico independiente que las universidades públicas, fundamentalmente.

O, ¿es que se vería bien, durante un ritual religioso, que un filósofo o científico intervenga para decir lo que piensa de algún pasaje leído durante el culto? Por un lado, ustedes y yo desearíamos que eso no fuese posible, cuando distinguimos momentos y espacios, de suyo, distintos; como lo son el académico y el religioso; además, por otro lado, desde la lógica de las jerarquías de las iglesias-establecidas encontraríamos muchas objeciones; muchas de ellas, de pleno recibo.  La principal razón que destaca y que asiste a las iglesias establecidas para esta actitud de intolerancia a grupos diversos de pensamiento crítico en su seno (máxime los que pueden contradecir sus doctrinas y cultos) es que la forma de organización o diseño de las iglesias no está preparada para un ambiente de debate crítico y de pensamiento filosófico independiente.

Así están diseñadas las iglesias en Costa Rica, aunque –también coincidimos– en que esto no tendría que ser necesariamente así; pero en el caso citado, así es. La Teología de la Liberación aspira a otra cosa, pero no se ve su desarrollo nacional, salvo excepciones que –por tales– hablan más de la regla. En este contexto si desearíamos y sería posible, que los momentos y espacios de suyo distintos, como son el académico y el religioso, tuvieran diálogos y críticas productivas; de eso hablaríamos cuando nos referimos a una actitud ecuménica en la presencia de creyentes en las universidades.

Entonces, ¿cómo es posible que en quien escribe el artículo (pág. 8-9) del Eco Católico, no se detenga a considerar a las universidades como espacios de pensamiento independiente y crítico respecto de las posiciones religiosas confesionales proselitistas? ¿Cómo se espera que se entienda que siendo las universidades unas entidades autónomas cuya misión es fomentar el pensamiento crítico –al menos en el sentido kantiano—se promueva, en su seno, algo distinto del análisis crítico,  de formas de pensamiento fundamentadas en el humanismo y que sean científicas, filosóficas y cosmovisiones, de suyo, “laicas”; es decir, ¿por qué no están advertidas las iglesias de no incurrir en el fomento de grupos proselitistas en el seno de otras instituciones distintas a las iglesias? ¿Tiene o no razón la universidad pública de cuidar que sus grupos de estudiantes no deriven hacia fanatismos, dogmatismo e intolerancias respecto de su formación humanista y científica?  Y no se lee en el artículo citado un asomo de la actitud ecuménica aludida arriba.

Una forma de discernir sobre el tema habla de la naturaleza misma institucional, la forma básica de organización del espacio universitario, tal como ha sido diseñado para su misión fundamental. Salta a la vista que no tiene una organización idéntica al de las iglesias; éstas hacen muy bien cuando se plantean posibilidades de desarrollo de la actitud ecuménica, en tanto que como iglesias buscan organizarse para influir –desde sus doctrinas sociales y liturgias– en las sociedades, de modo conjunto. Y suelen hacerlo en las calles, junto a las gentes comunes, no atravesándose en otras instituciones confundiendo finalidades y formas de organización distintas a las propias.

Pienso que existe una confusión común en el caso del reclamo por la ausencia de nombramiento de un cardenal tico (por parte de Roma) y el correspondiente a la no tolerancia en el ambiente universitario de grupos religiosos proselitistas. El término “cardenal” deriva del latín cardo o bisagra, lo cual sugiere el papel de fulcro (punto de apoyo, gozne) que desempeñan: Ellos son las “bisagras” alrededor de las cuales gira todo el edificio de la Iglesia, en torno a su máximo dirigente: el Papa. Eso significa que las autoridades vaticanas eligen muy rigurosa y estratégicamente a sus homólogos.  ¿No lo haría así la institución milenaria de occidente –el catolicismo– cuando busca a sus ideólogos principales? ¿Cómo no acudir a naciones –comparativamente– de mayor importancia estratégica en el plano político y cultural, dado cierto contexto? Sería bastante novedoso que lo haga de otra forma. Ni siquiera el Papa Francisco hará excepción a esta regla histórica vaticana. Nicaragua y Honduras tienen cardenales, también Guatemala: eso corresponde a que se trata de países importantes –en determinado contexto- para la geopolítica vaticana, aunque no nos guste.

Cuando vemos a las autoridades religiosas fijando así sus prioridades institucionales, para mantener sus estructuras (su diseño político y económico) se pueden constatar dos cosas:  que así organizado el Estado Vaticano no ha generado condiciones para producir un cardenal tico y que justamente visto, la misma razón política asiste a las autoridades universitarias, para no auto-generar (y más bien sospechar de brindar) en sus espacios, oportunidades proselitistas a los grupos religiosos del tipo pastoral juvenil católica, en los términos en que estos utilizan los campus universitarios.

En el fondo, se trata de lo mismo. Un asunto de diseño institucional.

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